domingo, 24 de junio de 2012

El Dialogo Indispensable


El hombre es un componente esencial del cosmos. Los hombres no pueden vivir, en el sentido más amplio y profundo del vocablo, sin religión. El destino de la humanidad depende de que una religiosidad genuina religue a los hombres entre sí, a la realidad en su totalidad y, al mismo tiempo, salvaguarde su libertad. Pero también el destino de la Tierra está en juego. Si no se produce un verdadero encuentro religioso entre nosotros y la tierra, acabaremos aniquilando la vida sobre la misma tierra. El diálogo de las religiones no es solamente un tema académico o una cuestión eclesial u oficialmente “religiosa”, y menos aún una nueva moda porque las ceremonias religiosas se han vuelto aburridas o ha disminuido el número de asistentes. Este diálogo es el campo en el que puede jugarse de modo pacífico el destino histórico de la humanidad. Sin tal diálogo, el mundo sufrirá un verdadero colapso. Aquí es decisiva la praxis, y cada uno de nosotros debe aportar su propia contribución. Pero la urgencia de la tarea no debe hacernos olvidar la importancia de otras facetas del diálogo. La buena voluntad, por sí sola, no basta.


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Aunque “religión” sea una antigua palabra latina y su concepción actual sea relativamente moderna y unilateral, los seres humanos han conocido siempre lo religioso. El hombre ha sido siempre “hombre religioso” desde el momento en que el género humano siempre se ha planteado preguntas definitivas. Estas preguntas dan lugar a la más profunda comunicación entre las personas (las preguntas siempre anhelan dialogar) y son fruto de una llamada que las precede.

Una Necesidad Vital…

Es natural e inevitable que las religiones del mundo se encuentren unas con otras, a veces de forma pacífica pero con más frecuencia confrontándose y de modo conflictivo. Tales encuentros se deben habitualmente a actividades de naturaleza política y económica. Guerras, migraciones, comercio, así como los encuentros interpersonales de viajeros, esclavos, mercaderes y misioneros han contribuido a la influencia recíproca entre las religiones.

El encuentro de las religiones es tan vital que, de hecho, más o menos todas las religiones actuales son fruto de esos encuentros. ¿Qué sería hoy el cristianismo sin el profundo sincretismo que brotó de sus raíces religiosas hebraicas, griegas, romanas y germánicas? ¿Qué sería eso que llamamos hinduismo sin la contribución de las numerosas religiones del subcontinente indio?

Sin embargo, lo que en una época sucedía por lenta asimilación, ósmosis y reacciones a encuentros espontáneos o conscientemente buscados, hoy se ha acelerado de forma exagerada. Hoy el diálogo no es un lujo o una cuestión secundaria. La ubicuidad de la ciencia y de las tecnologías modernas, de los mercados mundiales, de las organizaciones internacionales y de las corporaciones transnacionales, así como las innumerables migraciones de trabajadores y la huida de millones de refugiados, por no hablar de los turistas, hace del encuentro de culturas y religiones algo inevitable y, al mismo tiempo, indispensable. Nuestros actuales problemas de justicia, ecología y paz requieren una comprensión recíproca entre los pueblos del mundo que es imposible sin diálogo.

Esta necesidad vital tiene lugar a tres niveles distintos:


… En el Nivel Personal

El individualismo moderno que, en especial en los países occidentales, se ha infiltrado lenta y subrepticiamente en la conciencia humana hasta convertirse en un ingrediente esencial del mito moderno, está dejando poco a poco espacio, en el propio Occidente, a la que se ha llamado filosofía dialógica.

Se podría tal vez sintetizar nuestra problemática en una frase: el hombre no es un individuo, una “mónada”, sino más bien una persona, un haz de relaciones. Y las relaciones humanas requieren el diálogo.

Brevemente: sin diálogo, sin vida dialógica, el hombre no puede conseguir una humanidad plena. El hombre es un “animal hablador”. Pero lingüísticamente no se trata solo de comunicación exterior; es, sobre todo, de comunicación interior.


El diálogo no puede ser limitado a un intercambio individual de ideas con los propios vecinos. El hombre no puede ser reducido al individuo. El principio de individuación es distinto del principio de singularidad. Una antropología no fragmentada debería mostrar que el hombre “es” (y no solamente “tiene”) cuerpo (“sôma”), alma (“psychê”), comunidad (“polis”) y mundo (“aiôn”), a lo que deberíamos añadir espíritu (“pneuma”).

Tampoco el diálogo puede limitarse a temas menores. Las preguntas últimas sobre la existencia humana requieren algo más que una simple encuesta sobre las opiniones de los demás; requieren entrar en profundidad en el misterio mismo de la realidad. En una palabra: el hombre es un ser dialógico. El diálogo es una necesidad para el ser humano.

… De las Tradiciones Religiosas

Por fin están cayendo, aunque lentamente, los “muros de Berlín” de las actitudes religiosas individualistas, junto con el “apartheid” de los sistemas de creencias exclusivistas. No solo desde un punto de vista sociológico puede observarse el hecho de que la gente vive en un “supermercado” de “grupos” étnicos, “caminos” religiosos y “opciones” de estilos de vida. También desde el punto de vista antropológico ya no puede uno encerrarse detrás de las torres seguras de la “ortodoxia”. En la escuela, en el trabajo, en la familia, incluso en Internet, las posiciones religiosas (y antirreligiosas) más divergentes entran en estrecho contacto, lo que a veces puede ser motivo de desorientación.

Tal vez prefiriésemos que las cosas fuesen de otra manera, pero la vida moderna nos desafía a cada uno de nosotros en las profundidades religiosas de nuestro ser. Con tal de mantener una paz mental, superficial obviamente, las problemáticas religiosas son con demasiada frecuencia desterradas y la religión está prácticamente excluida de la escuela, del trabajo, del mercado -en definitiva, de la vida pública. El ámbito religioso busca entonces en otra parte su desahogo, y no siempre de la mejor manera, desde el trabajo a la droga, pasando por el deporte como espectáculo, etcétera.

¿No ha aprendido todavía el Occidente desacralizado de la fuerte protesta del Islam el precio que se paga por querer obligar a todos el mismo modelo banal de la vida moderna? Verdaderamente, hoy se ve cada vez más claro que ninguna tradición tiene poder suficiente de por sí para llevar a la práctica el propio papel que se autoatribuye. O se abren unas a otras, o degeneran, y dan lugar a reacciones fanáticas de todo tipo. El diálogo es realmente una necesidad vital.

… Y en el Nivel Histórico

El hombre es un componente esencial del cosmos. Los hombres no pueden vivir, en el sentido más amplio y profundo del vocablo, sin religión. El destino de la humanidad depende de que una religiosidad genuina religue a los hombres entre sí, a la realidad en su totalidad y, al mismo tiempo, salvaguarde su libertad.


Pero también el destino de la Tierra está en juego. Las guerras de los hombres no solo matan a las personas y a sus culturas, sino que siembran también destrucción en la naturaleza. La guerra moderna ya no es solamente un asunto humano. Es ecológicamente irresponsable movilizar ejércitos de miles de soldados y maquinaria bélica para defender el “statu quo” político o económico. Los justificados gritos de alarma de la ecología pueden oírse hoy por todas partes.

Pero la simple “eco-logía” no basta, es también necesario un diálogo con la Tierra. He llamado “ecosofía” a esta actitud de diálogo. La Tierra no es un simple objeto, es también un sujeto, un Tú para nosotros, con quien debemos aprender a dialogar. Así podremos descubrir que la “ecosofía” tiene un cierto papel revelador. Nuestro diálogo con la Tierra puede descubrirnos que la Tierra es algo más que una masa muerta que da vueltas alrededor de otra masa mayor; puede revelarnos qué es eso de la Tierra más allá de lo que de ella nos dice la ciencia moderna. Si sabemos escuchar, la Tierra misma puede revelarnos “la voluntad de Dios” respecto al papel del hombre en este planeta, dicho en términos teístas.

Si no se produce un verdadero encuentro religioso entre nosotros y la tierra, acabaremos aniquilando la vida sobre la misma tierra. El diálogo de las religiones no es solamente un tema académico o una cuestión eclesial u oficialmente “religiosa”, y menos aún una nueva moda porque las ceremonias religiosas se han vuelto aburridas o ha disminuido el número de asistentes. Este diálogo es el campo en el que puede jugarse de modo pacífico el destino histórico de la humanidad.

Sin tal diálogo, el mundo sufrirá un verdadero colapso. Aquí es decisiva la praxis, y cada uno de nosotros debe aportar su propia contribución. Pero la urgencia de la tarea no debe hacernos olvidar la importancia de otras facetas del diálogo. La buena voluntad, por sí sola, no basta.

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El diálogo indispensable o Paz entre las religiones, Ediciones Península, año 2003. [FD, 10/07/2006]

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