sábado, 30 de junio de 2012

Lo real no es Uno ni es Dos, es un No-Dos


VI Domingo de Pascua (Jn 14, 23-29) - Ciclo C: Todo queda admirablemente dicho en la frase con la que se inicia el texto: “Vendremos a él y haremos morada en él”. El ser humano –y, más ampliamente, todo lo real- está habitado por Dios, en el sentido más profundo que pudiéramos imaginar.

Desde un modelo dual (mental) de cognición, en el que el dualismo es inevitable, la llamada “inhabitación” se entendía como un “añadido” o agregado que viniera a ocurrir en la persona, equiparable a lo que ocurre en una casa deshabitada cuando alguien llega a ella. Una tal lectura, aunque rica, olvidaba justamente lo más decisivo: el Dios que nos habita y nosotros mismos no somos una suma de dos, sino las “dos caras” –invisible y visible- de la Única Realidad no-dual.

Por esa razón, no hay que entender las palabras que se ponen en boca de Jesús como si se trataran de una condición: sólo cuando alguien guarde mi palabra, será habitado y amado por Dios. En realidad, son consecuencia, es decir, expresión de lo que ocurre en la persona que comprende lo que es.


Quien toma conciencia de su identidad profunda, se descubre habitado y amado por el Misterio –se autocomprende como el Misterio- y no puede hacer otra cosa sino amar y experimentar la unidad con todos. En el lenguaje del cuarto evangelio, Dios y Jesús son el “centro” último de lo Real, lo que constituye nuestra identidad más honda. Es lo que han experimentado y proclamado los místicos: “Mi Yo es Dios y no reconozco otro Yo que a Dios mismo” (Santa Catalina de Génova).

No se trata, por tanto, de que Dios habite únicamente en aquéllos que cumplen la palabra de Jesús, en una vuelta a la religión mítica de los méritos y las recompensas. Dios habita ya todos los seres: nada podría existir “fuera” de Él. La palabra de Jesús busca hacernos “caer en la cuenta” de esa realidad, a la vez que nos muestra en qué se traducirá.

El verdadero Maestro –nuestro “maestro interior”- que nos irá conduciendo hasta la verdad es el Espíritu de Dios, que se expresa en lo profundo de todo ser humano. Es la “voz” de Dios en nosotros, a la que accedemos desde la apertura y disponibilidad interior –eso significa ser “vírgenes”, como María-, y la que nos permite comprender en profundidad. En el lenguaje bíblico, “recordar” significa “tomar conciencia del significado”.

A partir de estas palabras, se habría de elaborar toda la doctrina cristiana de la “inhabitación trinitaria”. Dios-Trinidad abraza y se expresa en todo lo real; habita todo y en todo se manifiesta; todo lo contiene y en todo está presente.

Hablar de “Trinidad” no es hablar de “tres dioses” –eso ocurre siempre que pensamos el Misterio desde nuestra mente dual-, sino evocar el carácter no-dual de todo lo que existe. Lo Real no es uno (monismo o panteísmo) ni es dos (dualismo); es un no-dos, en el que todo está interrelacionado con todo.

Padre-Hijo-Espíritu no son “seres” separados; al pensarlos así, se objetivan y se convierten en ídolos mentales. La Trinidad es el “símbolo” cristiano –en el sentido profundo y etimológico de la palabra: sym-ballein- del Misterio último de lo Real. La Trinidad está ocurriendo aquí mismo, en el Presente eterno.

Dios, el Hombre y el Mundo no son uno, ni dos, ni tres; sino, en lenguaje de Raimon Panikkar, una Realidad cosmo-te-ándrica, donde lo divino, lo humano y lo mundano (cósmico) quedan abrazados. Porque, en último término, la Realidad es relación.

Como dice el propio Panikkar, fuera de los esquemas substancialistas, el Ser es relación. Decir persona no es decir “individuo”. Por ello, es necesario desontologizar a Dios: Dios no es ninguna persona individual porque no se delimita frente a otra y no puede experimentarse como delimitado por otro”, Dios está en todo, pero no se agota en ese todo”. La Divinidad “no está individualmente separada del resto de la realidad, ni es totalmente idéntica a ella”, "Dios es la realidad de la realidad. Es una realidad tan “real” que no puede ser pensado como existente, externa o independientemente de las cosas para las cuales es precisamente Dios…", “El mundo es el cuerpo de Dios, no en separación cartesiana, sino en simbiosis positiva en donde las diferencias no se eliminan, pero la separación se supera”. [1]

De nuevo, es el lenguaje que encontramos en los místicos.

San Juan de la Cruz escribe: “El alma más parece Dios que alma, y aun es Dios por participación” (Subida II,5-7).

Y san Bernardo: “¿Qué es además Dios? Eso sin lo cual nada es. Es tan imposible que algo sea sin Él como Él mismo sin Él. Él es en sí mismo como es en todo y, así, de una cierta forma, sólo Él es, que es el Ser mismo tanto de sí mismo como de todo” [2]

Realmente, es difícil decirlo de un modo más claro y contundente. Por eso, parece no quedar otra actitud que la de animarse a vivirlo, en el asombro consciente, la admiración, la alabanza, la gratitud y el amor. Porque el Misterio sólo se conoce, no cuando se piensa, sino cuando se es.

Con el Espíritu, Jesús regala paz. El Shalom judío incluye el conjunto de los bienes mesiánicos: plenitud de vida y de salud, perfección y gozo, comunión definitiva entre Dios y su pueblo. En cierto modo, podría decirse que esta “paz” no es algo diferente del Espíritu, al que acaba de referirse.

La “paz del mundo”, en cuanto paz del ego, conoce altibajos, según como le vayan las cosas al propio ego. A ese nivel, todo es impermanente –incluso lo que en un momento nos pareció “definitivo” y luego descubrimos con dolor y angustia que se ha “esfumado”-, porque todo está marcado por la polaridad: no puede existir el día sin la noche, la salud sin la enfermedad, el placer sin el dolor, la seguridad sin el miedo…, la paz sin la perturbación. Mientras permanezcamos identificados con nuestro yo, la paz de Jesús nos resultará inaccesible.

La suya es la paz que “nadie puede quitar”; la que vive el propio Jesús, a pesar de la angustia de su “hora”. Es la paz de quien permanece anclado en su Identidad profunda, sin identificarse con los altibajos de las circunstancias ni con los vaivenes de la mente.

La paz de Jesús no requiere que todo “vaya bien”, no se atemoriza ante el dolor, ni se desploma cuando aparecen circunstancias adversas. Abraza estados contradictorios –”buenos” y “malos”-, porque trasciende los niveles relativos. Es “la paz que supera todo razonamiento” (Carta a los Filipenses 4,7), porque nace de un “lugar” que está más allá de la razón, más allá de la mente, en la comprensión del Misterio que somos, y que no se ve afectado por lo que le ocurra a nuestro yo.

Pero, precisamente porque está “más allá de todo razonamiento”, para experimentar esa paz se requiere silenciar la mente, acallar el ego. Se trata, en concreto, de venir al presente y de separar, una y otra vez, la situación de los pensamientos que tenemos sobre ella: la situación es “neutra”; son mis pensamientos los que, al rechazarla, generan sufrimiento.

Si tengo una situación, por más dolorosa que sea, y la etiqueto como “negativa”, dando vueltas sobre ella, hago que la paz sea imposible. Por el contrario, al aceptar el presente, tal como es, sin intentar “modificarlo” con mis pensamientos, ni apenarme porque sea así, la paz emerge de nuevo. En una palabra, el Presente siempre es paz, y la paz de que habla Jesús únicamente se puede vivir si permanecemos en el presente. Curiosa y paradójicamente, la transformación podrá venir a continuación. 

Para terminar, Jesús habla de ir al Padre, que “es más que yo”. Desde nuestro nivel “relativo”, podemos entenderlo así: el Misterio es “más” que aquello que percibimos en nosotros. Pero, a la vez, es también nuestro “destino” porque, como en el caso de Jesús, es nuestro “origen”: “Sabiendo Jesús que había venido de Dios y a Dios volvía…” (evangelio de Juan 13,3).

Nacidos de Dios y volviendo a Dios, acertamos en la vida cuando nos reconocemos ser-en-Él [3], sin ningún tipo de separación; cuando, libres de la identificación y apego al yo, comprendemos y experimentamos nuestra Identidad profunda, como la Presencia viva y luminosa, atemporal e ilimitada, que no conoce altibajos. 



Enrique Martínez Lozano
Fuente: www.enriquemartinezlozano.com


1] V. PÉREZ PRIETO, Dios, Hombre, Mundo. La trinidad en Raimon Panikkar, Herder, Barcelona 2008, p.223. 
2] cit. en PÉREZ PRIETO, p.134
3] "Él somos, nos movemos y existimos”: Libro de los Hechos de los Apóstoles 17,28

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