martes, 26 de junio de 2012

Notas sobre “El sacerdocio en el pensamiento de R. Panikkar”


Pienso que hablar del sacerdocio según Raimon Panikkar, aunque sólo se trate de unas notas, es un intento muy atrevido, al menos para mí, porque se trata de un pensamiento, al que antecede cronológica y sobre todo ontológica y “kairológicamente” una experiencia de vida, muy personal y profundo y porque no conozco toda su obra escrita, pues escribió multitud de artículos y libros sobre los más variados temas filosóficos (en su pensamiento la teología o se incluye en la filosofía o no es), aunque sí la mayor parte de ella, pero, tengo dos motivos que me impelen a hablar del tema y que hacen que este intento, pese a su atrevimiento, sea oportuno que se haga. Uno de ellos es el recuerdo de las conversaciones que sobre el tema mantuvimos en vida de él y el segundo es que es “ese sacerdocio”, yo también fui ordenado presbítero y sentí “la vocación”, en su esencia el que nos hizo compartir bastantes eucaristías allá en Tavertet. Habrá muchos que puedan llevar estas reflexiones adelante mucho mejor que yo, pero me siento por las razones expuestas impelido a hacerlo. Por supuesto que todo ello no implica estar totalmente de acuerdo con su visión.


Antes que cualquier otra cosa, el sacerdocio en Panikkar fue su vivencia de lo cristiano, de lo budista, simplemente de lo religioso, fue su experiencia del Misterio, creo que él no podía asumirse a sí mismo sino siendo sacerdote. En la introducción que escribe a su libro: “Culto y secularidad” dice textualmente:  “... si la existencia sacerdotal no se encuentra en unión hipostática con el ser humano y se considera en última instancia como algo meramente funcional... es obvio que, cuando se trata de rescatar el centro de uno mismo haya que barrer todas las superestructuras que impiden la realización personal...” 

Esta existencia sacerdotal, aunque se refiera fundamentalmente al sacerdocio existencial, en él, en su persona no tenía expresión sino en su sacerdocio ministerial, no en su pertenencia a la casta clerical-sacerdotal, ni al sacerdocio sinónimo de funcionario de una institución, sino en el sacerdocio universal del llamado a ser servidor del culto, que es el “acto humano cosmoteándrico para el que se requiere fe, esperanza (en lo invisible) y amor”, como recordaba constantemente en sus conversaciones.

Hemos de tener en cuenta que la mención de la palabra “sacerdocio” despierta en nosotros un concepto que está está totalmente marcado por nuestra interpretación del mismo, es muchas veces más una imagen mental, un concepto que una vida. Dentro del catolicismo el sacerdocio, como concepto y como función, está cargado con la aureola de la elección, entendida como separación de lo común (torcida interpretación del “ex hominibus assumptus”. Hb 5,1.) y como entrada en una casta superior (la casta clerical), está cargado con la percepción de que es un poder sagrado, mágico que te hace ser transformador de “las ¿substancias? del pan y del vino”, poder sobre la interioridad (almas) que puedes lavar por la absolución a la vez que te transforma en funcionario y administrador de sacramentos, y de muchos actos no litúrgicos que nada tienen que ver con el sacerdocio, intermediario, no mediador, entre “el cielo y la tierra”... está, en suma, contagiado de muchos elementos sociológicos que hoy, cuando menos, carecen de valor. Hemos de despojarnos de toda esta carga funcional e ideológica al servicio de una institución, de toda la inflación que la palabra y el concepto han ido acumulando a lo largo de muchos siglos de historia (y no sólo en el cristianismo). Es lo que hizo Raimon a lo largo de su vida en esta tierra.

No se trata en este escrito de hacer una tesis doctoral, como he dicho antes, que pudiera agotar el pensamiento de Panikkar sobre el sacerdocio, sino de exponer unos apuntes, unas sencillas notas que nos puedan iluminar un poco acerca de lo que él vivió, pensó y piensa en sus escritos sobre este tema. Quisiera serlo todo menos una falsificación de su pensamiento.

Raimon era un intelectual de mucha garra cuando se marchó a India en el año 1955, pero aún no el filósofo-teólogo que ha unido Oriente y Occidente en su vida y en su pensamiento. 

Usa siempre en sus escritos, y usó en su existencia terrena, la palabra como símbolo, como expresión que comunica la realidad, no como signo que señala a lo que dicho signo no es. De ahí su constante referencia a la palabra-logos y al silencio-origen del que procede: el profundo silencio del ser, (¿concordancia con Heidegger: Lichtung y simbolismo ontológico?)

Esta experiencia personal y por lo mismo intransferible incluso por el conocimiento meramente mental, al menos en parte, Panikkar la fue plasmando, explicando a lo largo de toda su obra escrita a la vez que la fue desarrollando y explayando a lo largo de su vida. Se salió totalmente de la teología oficial, y nos contó la Realidad desde su realidad profunda, desde su intelecto-amor (intus-er legere), no meramente desde la mente o razón, desde su espiritualidad. Fue sacerdote profético, no funcionario, gran visionario de la segunda inocencia.

La verdadera teología, afirma otro buen amigo que fue, Evangelista Vilanova, “tiene como finalidad liberar a la iglesia de las falsas teologías”. La palabra que es del pueblo, se le ha robado al pueblo y se ha ido convirtiendo a la teología en un lenguaje técnico, sólo inteligible para especialistas, los mal llamados teólogos. La teología “ortodoxa” se ha convertido en pura estructura mental, en la que el sentido de la realidad no ha contado para nada, sino la ilación lógica y mental; cada proposición, incluso en el catecismo (resumen de la doctrina para el pueblo), se basa en la anterior para concluir en la misma y formar así un círculo lógico que se autoprotege:

Dios es el Creador del mundo. El mundo es lo creado por Dios...

Esta forma lógica, que mantiene la teología escolástica y ortodoxa, ese círculo cerrado y vicioso a su vez se apoya todo él sobre la base del dogma (creado muchísimas veces con formas nacidas de la ignorancia)... y el sentido de la realidad brilla por su ausencia con lo que la Biblia y la Fe pierden su razón de ser. Toda la doctrina y por lo mismo Dios, Jesucristo, la Iglesia se han convertido en una pura y simple estructura mental que sirve para tranquilizar “las aguas muertas”, que libera del pensar. Mas el sentido de la vida no aparece en modo alguno, por ello los inquietos, los pensadores, los místicos soltaron amarras y se liberaron de esa estructura mental. Se liberaron del círculo y buscaron la palabra abierta. Profeta es el que se libera, como Jesús, para pescar en un mar que no está muerto. Raimon también rompió amarras, no fue un sacerdote-teólogo funcionario, sino profético y utópico. Su sacerdocio en buena medida se realizaba por su misión de filósofo-profeta, que no buscaba el aplauso sino el rigor y la libertad. Sus libros son fruto de su rica vivencia interior y a la vez de su penetrante y exigente profundidad intelectual, no simplemente mental. “Se ha de cambiar todas las formas para que el Espíritu permanezca”. Es la labor profética, labor de servicio público, verdadera liturgia (leitourgia= servicio para el pueblo o servicio público): Iluminar un poco la Realidad y el Sentido. Raimon vivió también así su sacerdocio.

El libreto con las canciones que nos entregaron en Montserrat en el funeral por Panikkar dice en primera página. “RAIMON PANIKKAR sacerdos secundum dharmam Melchisedech e diocesi Varanasi ad Gangem flumen”.

Tengo ahora mismo sobre mi mesa de trabajo una carta suya autógrafa en la que me invita a reflexionar en común sobre nuestro sacerdocio que no es según el rito de Aaron, sino de Melchisedec. “La Iglesia, me dice en ella, como bien sabes, no es ni la institución ni el Vaticano y el rito es constitutivo del hombre.”

El sacerdocio real según del dharmha de Melquisedec. Normalmente utilizaba en sus expresiones la palabra dharma(m) en lugar de la de orden. Se sentía tanto budista como cristiano e hinduista sin división ni esquizofrenia alguna. Pero la palabra dharma(m) está cargada de un sentido, no meramente mental sino simbólico que le da una sabiduría propia, sentido por el que no se puede dar una traducción satisfactoria . 

La palabra dharmam (o dharmha, o dharma), que hoy utilizamos con frecuencia en occidente, se conocía poco hace apenas unos cien de años. Como siempre hemos tratado de traducirla antes de impregnarnos de su contenido, de su simbolismo, traducirla (hemos convertido en gran medida las palabras en signos) es inflaccionarla, occidentalizarla, aunque sea necesario hacerlo (en modo alguno pretendo afirmar que lo oriental es bueno y lo occidental malo, son en muchos casos distintas comprensiones de la Realidad que tiene muchas perspectivas, en todo caso). No olvidemos que la palabra es mucho más símbolo que signo, al menos para la Sabiduría perenne. Dharmam simboliza mucho más que significa, forma parte de la misma realidad que evoca, es su manifestación. Podríamos entender que dharma es la fuerza interior, la religión, el orden de las cosas, el rito... El propio Panikkar la expone en estos términos.

Dharma (sáns.) norma cósmica y ritual; ley natural y orden ético; religión. El nombre se extiende también a las manifestaciones mismas de la norma que rige los diversos niveles de la existencia, tales como la obediencia al deber, el cumplimiento de los preceptos, etc. (Plenitud del hombre).

El dharma en cuanto que orden perenne de las cosas se autocomprende en el hinduismo como la experiencia fundamental del hombre, como aquella religiosidad primordial que puede tener mil formas distintas según las diversas culturas en las que encarne, de ahí que sea perenne y transcultural. Para entrar en un edificio hay que traspasar una puerta, de lo contrario nunca accederás a él, las puertas son múltiples, el edificio, la experiencia religiosa primordial, único(a). El dharma es único, su expresión múltiple. 

En el esoterismo se ha estudiado en profundidad la palabra dharma con la se presenta, dice Guénon, haciendo derivar la palabra de la raíz “dhri” que significa sostener, la inmutabilidad principal en lo manifiesto. Lo manifiesto es necesariamente devenir y dharma es aquello que hace que este devenir no sea puro cambio, sino que se mantenga una cierta estabilidad. También, afirma el mismo Guénon, haciéndola derivar a su vez de la raíz “dhruva” = eje que dharma “es lo que permanece invariable en el centro de las revoluciones de todas las cosas, y que regula el curso del cambio porque no participa en él". (Melquisedec o la tradición primordial).

Melch(qu)isedech

"[...] Melquisedec, rey de Salem, sacerdote del Dios Altísimo, le sacó pan y vino, y le bendijo, diciendo: -Bendito Abrán por el Dios Altísimo, creador de cielo y tierra; bendito el Dios Altísimo, que ha entregado tus enemigos. Y Abrán le dio el diezmo de todo."
Génesis 14, 18-20, traducción Nueva Biblia Española

En nuestra cultura estamos muy acostumbrados a tomar la historicidad como horizonte de verificación de la realidad. Los histórico es verdadero, lo no histórico es simple leyenda, no real, lo que no entra dentro de los cauces del tiempo no es creíble. En cambio si miramos a nuestro interior comprobaremos que son muchas las realidades no contenidas en el tiempo, es más la Realidad es no-temporal, sólo son temporales sus manifestaciones. ¡Claro que nuestra cultura cientista tiende a afirmar dogmáticamente que solamente lo experimentable por los sentidos existe!

Melquisedec no es un personaje histórico, como tampoco lo fuera Abrahán..., aparece en el texto bíblico como no judío, no creía en Yahvé, pertenecía a una raza maldita y sin embargo se le consideraba superior a Abraham. Es una pieza fundamental en la religiosidad judeo-cristiana y en la filosofía esotérica. 

Solamente existen dos citas sobre Melquisedec en los textos bíblicos: Salmo 110 (109), 4 y Hb, 7. El salmo dice:  Oráculo del Señor a mi señor (¿David, Reyes de Israel, pueblo...Cristo?) El Señor lo ha jurado y no se arrepiente: Tú eres sacerdote eterno según el rito de Melquisedec...” 

En Hebreos, el autor de mentalidad y fe paulina está hablando del sacerdocio de Cristo del que afirma que no es del antiguo culto como Aarón, sino de uno nuevo (la nueva inocencia de Panikkar) en la línea de Melquisedec, y para razonarlo hace un paralelismo entre el personaje del Génesis y Cristo (Mesías). Un razonamiento hermoso pero excesivamente largo para transcribirlo. El autor utiliza el simbolismo sacrificio-sacerdocio para expresar el sacerdocio existencial como pura realidad humana, hecha plenitud en Jesús, el Mesías. Como sabemos es éste el tema de la carta. En dicho simbolismo se afirma que Cristo es el Nuevo Sacerdote en “relación constitutiva” con el sacerdocio de Melquisedec (sacerdote del Altísimo), de quien no conocemos nada (origen, familia, hijos...), pero que dio a Abrán pan y vino, lo bendijo y Abrán le entregó diezmos (reconocimiento de superioridad). El rey de Salem (¿Paz?) es el símbolo del sacerdocio real, dice Hebreos, y de su línea surgió un sumo sacerdote, “santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y encumbrado allende los cielos...”(26). Tenemos “un nuevo sacerdote que no surge de una ley, sino por la fuerza indestructible de la vida”(16), respaldado por la fuerza de un juramento: “el Señor ha jurado:... Tú eres sacerdote perpetuo en la línea (dharma) de Melquisedec.” La Ley de Moisés ha sido derogada y el sacerdocio de Aarón, nacido al amparo de aquella Ley, acabó para siempre. 

Y del sacerdocio perpetuo de Cristo participa todo el Pueblo (¿la Humanidad?) como afirma Pedro (1Pe 2,5) y el Apocalipsis (1,6; 5,10; 20,6), porque el Pueblo es el Cuerpo Real de Cristo. ¿Existe también un sacerdocio ministerial dentro de este sacerdocio existencial en el cristianismo? Desde luego el Vaticano II así lo afirma, y R. Panikkar lo defiende. 

Pienso que es imposible entender su pensamiento sobre el sacerdocio si no se entiende el valor existencial del rito-símbolo en su vida y en su obra. 

El rito-símbolo 

no pertenece a la esfera del pensamiento, no es una doctrina, ni una entidad ideal, no se relaciona exclusivamente con el dominio del logos. Pertenece más bien al campo del gesto... pertenece al dominio de lo temporal y espacial. Un partido de fútbol, o una corrida de toros, puede ser un ritual... leer un libro difícilmente puede serlo”(Culto y secularización). 

Es un vínculo temporal con lo transcendente, si existiera sólo lo que perciben los sentidos o el intelecto, no podría haber rito-símbolo que nos uniera a ello, y no lo hace de forma inteligible (en el campo del logos), sino experiencial (en el campo del espíritu). En la teología cristiana poco a poco se fue sustituyendo el simbolismo inicial del rito por la idea, por el concepto de causalidad con lo que el rito-símbolo perdió su prestancia y fue sustituido por el poder de la razón, por la mera reflexión, se pensó que la mente lo podría todo, incluso demostrar la existencia de Dios y unirnos a lo transcendente. Se intentó comprender el simbolismo en lugar de dejarse inundar y empapar por él, con ello el rito dejó de ser símbolo y se intentó la magia de la causalidad, del ex opere operato. Pero el ritual, no el ritualismo (mera carcasa exterior y aparente del rito), es símbolo y no causa, es relación, acción, manifestación y no logos ni idea. Al menos fundamentalmente.

No hay que olvidar que en el lenguaje coloquial, nacido dentro de la cultura dominadora en la que vivimos y en la que hay muchísimas cosas buenas, la palabra símbolo es polisémica. Y sobre todo se ha de tener en cuenta que ha devenido a significar lo irreal, inexistente o carente de utilidad (no sólo externa, diría yo): voto simbólico, precio simbólico, gesto simbólico, ¡eso es simbólico, no es histórico!...

Wilber, quizás el mejor filósofo de la conciencia que viva hoy en la tierra, al hablar del desarrollo o evolución del cuadrante superior derecho de la persona, o sea, de lo subjetivo, sitúa al símbolo como paso anterior al concepto, que a su vez es el holón que abraza al símbolo y lo transciende, sin que por ello lo destruya o niegue. Yo pienso en esa misma línea, pero creo que ello puede dar lugar a un olvido del símbolo y una sustitución del mismo por el concepto, no digo que Wilber caiga en esta trampa, bien al contrario, pero son muchos los que así han procedido, por ejemplo: toda la teología escolástica. El organismo no nos puede hacer olvidar las células. 

Quiero apuntar aquí que K. Wilber alaba tanto a Kung, como a Raimon Panikkar por ser los verdaderos pioneros en adaptar el cristianismo a los mundos moderno y postmoderno (Espiritualidad integral).

En su sentido más profundo (y también en el etimológico) el rito es símbolo y no signo, o sea, es un acto que simboliza lo que de otra manera no podría ser simbolizado, también hoy este sentido se da en muchos momentos de la vida, por ejemplo un beso, una lágrima, una sonrisa... No es una señal que indica por donde ir, sino que es la manifestación de eso que simboliza, de eso que manifiesta y al manifestarlo forma parte del mismo (no en sentido matemático que implica división entre la parte y el todo), aunque no agote todo lo simbolizado. Ejemplo: el cuerpo es símbolo de la persona, no es la persona pero forma parte de ella, aunque entre el mismo y la persona no hay separación. El símbolo es simplemente una relación, mas constitutiva, no un simple accidente como se afirma comúnmente. Si no existiera relación no tendríamos símbolo, por lo mismo el símbolo solamente es símbolo para el que conecta con él, el padre lo es por relación al hijo y sólo lo es para el hijo, y viceversa, sin un polo no hay el otro. El símbolo no puede ser explicado porque pasaría al dominio del logos y se extinguiría automáticamente,puede y ha de ser experimentado. (De ahí la tremenda pobreza de la liturgia católica actual que ha dejado de ser símbolo para el pueblo, no simplemente de significar, sino de relacionar). Y un acto es simbólico cuando toca la esencia, el centro mismo del ser del hombre.

Todo ritual auténtico expresa siempre en el fondo el dinamismo último de ser que hay en el hombre... El ritual se refiere siempre al misterio último de la existencia sin excluir...las cosas intermedias.” (Culto y secularidad).

El rito-símbolo es un acto, un gesto pero no es ni ceremonias, ni ideas, sino el acto en el que es engendrada la Realidad que es cosmoteándrica (cosmos/theos/andros), o sea, la colaboración del Hombre con el Mundo y los Dioses, es la continuación de la totalidad de la Realidad, dice Raimon. Puede ser totalmente secular, pues lo que se opone a lo sagrado no es lo secular, sino lo profano (pro-fanum). Por supuesto que en modo alguno para Raimon cualquier acción es rito-símbolo, nada es rito automáticamente, sino sólo aquellas acciones que de un modo u otro transcienden la intención de utilidad privada o placer egoísta y se proponen colaborar al bienestar del mundo. Y sobre todo enseña que el ritual se celebra con elementos de este mundo y sin embargo no es de este mundo, es una participación en una instancia más alta. La acciones rituales no son más que expresiones del existencial cristiano (o humano) de la unidad, no de las ideas. Por todo ello el rito-símbolo no puede ser arbitrariamente creado o manipulado, tiene su propia ontonomía. Es siempre mediador (relación), nunca intermediario (signo). El mediador siempre se disuelve en la comunión que termina en identidad, el intermediario (caso del signo) siempre permanece como tercero. Es el Espíritu el que planea sobre la comunidad de los hombres y la recrea constantemente.

Con esta visión de lo simbólico como existencial humano Raimon propugna la existencia de un sacerdocio-función-ministerio que brota del mismo sacerdocio existencial. Dicho sacerdocio función no es de ningún modo la justificación de un sacerdote funcionario de una entidad, sino un sacerdocio servidor del símbolo, al servicio de lo “sacrum” (sagrado y secular) y lo sacrum, el rito-símbolo es, como hemos dicho, un existencial humano que se ha de encauzar y realizar, si queremos en verdad que “el hombre sea salvo”, se libere. Sin esta actualización permanente, que no es repetición, sino acción nueva cada vez (actualización tempiterna), “el hombre” no puede ser libre, no puede realizarse, no puede ser Hombre.

Es al Hombre como tal a quien corresponde la misión de ser mediador entre el Cosmos y Dios, así lo afirma ya la antigua tradición china, dice Raimon pero si no se pertenece en realidad a ambas dimensiones que hay que mediatizar, no se puede ser mediador, sino intermediario, de ahí la abundancia de funcionarios que administran sacramentos que no son mediadores sino intermediarios. Es esta mediación: unir las dos partes de la realidad: animalidad-espíritu, la plenitud verdadera del hombre. Esta mediación sólo puede realizarla el hombre porque participa (es) ambas, pero esta (mediación) unión es una tensión de dos polos que ha de ser creativa, y esto no lo hace todo hombre, sino sólo los renacidos.
Con el fin de llevar a cabo esta mediación el hombre ha de ser iniciado porque para llegar a nivel humano el hombre “ha de renacer de nuevo” ( Jn 3, 3...), es necesaria la segunda inocencia, renacimiento que en el caso del cristianismo comienza por la iniciación (rito-símbolo): el bautismo y también la ordenación aunque solamente para algunos, en otras formas religiosas son otros los símbolos. En el catolicismo el sacerdocio ministerial sólo se justifica por la misma ordenación, que no es externa (algo que ha de ser tenido muy en cuenta), sino intrínseca a esta mediación entre lo divino y lo cósmico, mediación específica (ministerial) y necesaria para que la misma mediación universal o real se haga efectiva y visible y que sólo asumen los que aceptan la llamada (la vocación, algo muy profundo en el seno del propio espíritu como lo es la presencia, la fe y que se ha banalizado muchísimo...). Por supuesto que la ordenación católica no es el sacerdocio, sino una puerta pequeña por la que como por tantas otras en la historia de la humanidad se pasa para entrar en el edificio universal del ministerio-sacerdocio-mediación. Hemos de tener presente que lo universal se asume por lo concreto, o no se asume. No podemos olvidar que el sacerdocio -mediación, el sacerdocio real y universal es una realidad ontológica y antropológica en la visión de Raimon, como se ha dicho al hablar del símbolo, y no meramente un acontecimiento social, como sucede en la mayoría de los casos en todas las religiones. Socialmente el sacerdocio católico está cargado de manchas, “externalidades” y burocracia, por ello el impulso a abandonarlo es loable, pero no se puede decir lo mismo de la expresión visible del sacerdocio real que es el ministerial-servicio al rito que es una realidad antropológica, enraizada en lo humano. 

El sacerdocio que Panikkar propugna (también para sí) no es la continuación de la tradición judía, sino el del orden cósmico universal que compete a todo hombre, simbolizado en Melquisedec, sacerdocio que él (y muchos) manifiestan siendo sacerdote ministerial, como el hombre de la liturgia = servicio público, no como gestor de una profesión. Y ello, como se ha dicho, debido a una vocación atendida, sólo experimentable y no explicable, y a una iniciación que le da la responsabilidad de ser manifestación visible de la mediación. Mediación que le impulsa a “hacer una obra de paz, una liturgia que nos ayude a los (todos, concretados en la comunidad) hombres a superar lo meramente biológico, pero sin negarlo” y llegar a la plenitud, como renacidos. Este sacerdocio ministerial está al servicio del sacerdocio real y sólo en ello tiene su razón de ser.

Son palabras suyas en conversación privada: “siempre he entendido el sacerdocio de esta manera: se trata de aceptar una función que se manifiesta en el ser (símbolo constitutivo) mucho más que en otras actividades.” “Sin el sacerdocio real no podría tener el ministerial. Éste recibe de aquel su legitimidad.

Se podría concluir que en el pensamiento de Panikkar que el sacerdocio del hombre es constitutivo de su propio ser, que no es meramente biológico, ni psíquico, sino también espiritual. Por ello, por ser bios y neuma es mediador, y la forma concreta, aunque no indispensable pero a la vez “dhármica”, para los “llamados” de hacer visible esta mediación es el sacerdocio ministerial, al que se accede por una puerta sea ordenación, sacrificio, ofrenda... 

No quiero acabar estas reflexiones sin transcribir parte de una entrevista que mantuvo Raimon con Gwendoline Jarczyk:

G. ¿Si el sacerdocio está enraizado en la esencia del hombre (hombre nunca significa varón en el pensamiento de Panikkar), es justo excluir a las mujeres?.

P. "Hoy se ve como una injusticia. Hace una veintena de años (hoy -septiembre 2010- serían una treintena) avancé la tesis de que podría ser sacerdote cualquier persona que fuera capaz de serlo, esto es, que tuviera la madurez y el conocimiento necesario a la vez que lo hiciera libremente y sintiéndose llamado a ello. La asamblea de los obispos de Asia la aprobaron sin poner resistencia...

Al día siguiente un jesuita me preguntó: “Cree usted que las mujeres pueden ser sacerdotes?”

Le contesté: “Estoy en contra de toda discriminación” “Puede ser una señal de que hemos perdido la primera inocencia el hecho de que solamente veamos al sexo y no a la persona...”

...una ordenación no habría de ser un asunto de clan, si las mujeres ordenadas imitasen a los varones en esta materia, puede que trajeran algo bueno, pero las ventajas serían muy limitadas... yo creo en el sacerdocio, pero no en la casta sacerdotal. No se trata de que las mujeres engrosen dicha casta y la consoliden, sino que la transformen...

No se puede minimizar la fuerza del sistema, ¿una mujer general transformaría el ejército?...

Hace falta tiempo para que esta situación evolucione y que esta evolución sea plenamente satisfactoria con lo esencial, tal como nos lo ha transmitido la sabiduría de la historia.

He de añadir que mi visión del sacerdocio sólo es una manera de expresar esta situación mediática del hombre entre el cielo y la tierra. Hay religiones sin sacerdocio. No podemos absolutizar nada.” (Es traducción del original)


José A. Carmona
Fuente: http://carmonabrea.blogspot.com

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