viernes, 29 de junio de 2012

Teosofia


Convivium, Nr. 21 (Enero-Junio. 1966), contenido en su libro Ontonomia de la Ciencia. Sobre el sentido de la Ciencia y sus relaciones con la Filosofía, Madrid (Gredos), 1961.

Al período en el que la ciencia teológica representaba la totalidad del saber se han venido sucediendo otros períodos en los que las diversas ramas del saber humano se han ido independizando de la Teología y, como reacción, cortado o querido cortar todos los lazos con ella. Dentro de esta mentalidad de reacción hay que colocar el nacimiento de la Ciencia moderna. Veamos algunos momentos de la tal aventura.

Es un hecho poco menos que evidente que la Teología ha estado en su mayor parte ausente en el ingente esfuerzo del hombre por conquistar el mundo físico, tanto desde el punto de vista práctico como especulativo.
La Teología debido acaso a la influencia helénica inicial, se ha considerado prevalentemente ciencia contemplativa y se ha preocupado, por tanto, poco por transformar el mundo, por investigar su cómo y, más pacifista que la Ciencia, nunca ha pretendido conquistarlo. Análoga y paralelamente a como la espiritualidad cristiana ha sufrido una cierta evolución y de una actitud monacal, que ignoraba prácticamente el mundo, se ha ido complementando con una postura secular, sin despreciar la primeira; así también la Teología, en su conjunto, empezando por su dedicación primordial al problema intratrinitario ha ido descendiendo a las realidades ad extra hasta interesarse por las estructuras ínfimas del ser creado, no ya sólo en su esencia sino aun en su comportamiento fenoménico. En nuestros días estamos asistiendo a la mutación paulatina del interés. De la misma manera, sin embargo, que sería errado que una espiritualidad secular quisiera deshancar y sustituir lo que la monacal por ejemplo ya ha elaborado y adquirido, no sólo para sí sino como patrimonio cristiano general y universal, así también sería erróneo pretender que una Teología de las realidades terrestres o de la Ciencia pretendiese pasarse de menos de la Teología tradicional. Más aún, no sólo se complementan sino que se implementan y fecundan mutuamente. El más ínfimo cambio energético de la última de las partículas elementales no deja de ser una repercusión de algo que acontece en el seno trinitario.

El hecho permanece sin embargo que hasta ahora poco se ha escrito, pensado y sufrido sobre el particular. Había, en el fondo, que dejar que la Ciencia se desfogase un poco por su cuenta y no molestarla demasiado en su luna de miel con el Conocimiento y la Sabiduría. Los tiempos sin embargo van cambiando y antes de que pidan el divorcio acaso pertenezca a la Teología volver a colocar las cosas en su justo punto para evitar que la desilusión sea demasiado fuerte.

En este proceso de las relaciones de la Teología con el mundo científico se han recorrido varias etapas que quisiéramos muy brevemente resumir:

No ya solamente el caso Galileo Galilei, sino Copérnico, Tycho Brahe, etc., y sobre todo Descartes de una manera definitiva — aunque cuidadosamente preparado por el nominalismo postmedieval — representan el destierro de la Teología del mundo de la Ciencia. A una ingerencia excesiva se responde con una cortés — o menos delicada — división de campos y a la regina scientiarum se le pasa una pensión digna para que pueda continuar cultivando su terreno peculiar, el de un Dios que parece que sólo se deba ocupar de las almas y de su salvación o de aquello que ha tenido a bien revelarnos. No poniendo lo más mínimo en duda las verdades de la fe y pretendiendo ir al cielo como cualquier fiel cristiano — dice Descartes en su discurso del método — pongo todo esto entre paréntesis y quisiera ver cómo me las arreglo con mi sola razón para descubrir la verdad de las cosas. La Filosofía durante algún tiempo servirá de puente entre la Ciencia y la Teología, pero poco a poco el carácter híbrido de una Filosofía racional o la hará decantarse por la Teología, perdiendo su autonomía, o inscribirse en el ámbito de la Ciencia, dejando de existir como tal Filosofía para convertirse en positivismo científico de una u otra clase.

Para ilustrar con un ejemplo lo que queremos decir basta abrir al acaso cualquier libro de Teología (tanto dogmática, como moral o mística) escrito en el Medioevo o en la Edad Moderna y Contemporánea. Los primeiros están llenos de referencias y de ejemplos tomados de la ciencia física de sus tiempos: la' generación espontánea, la teoría del calor, de los humores, del fuego, del color, etc., sirven de ejemplos y aun de fundamento muchas veces a teorías filosóficas sobre el conocimiento, la creación, la analogía del ser, etcétera. Basta citar los beneméritos trabajos de Mitterer para comprender hasta qué punto no sólo la Filosofía sino aun la Teología y la misma formulación del dogma eran subsidiarios de las teorías cosmológicas contemporáneas. Los segundos parece que se mueven en un mundo desencarnado, de espíritus puros y aun éstos sin leyes psicológicas. Están lejos de la Ciencia de su tiempo. El alejamiento entre la Ciencia y la Teología no ha sido, sin embargo, nunca total. Ha habido siempre más o menos subrepticiamente una serie de contactos y aun de intercambios. Hoy día las relaciones vuelven a desearse por ambas partes, aunque haya aún un largo camino que andar. Veamos alguns de las etapas de esta peregrinación.

La Teología ha mantenido una cierta presencia, a pesar de todo, en el seno de la misma Ciencia en virtud del imperativo moral que la Ciencia ha sentido siempre dentro de sí.

No es cierto que la Ciencia sea amoral, ni menos que los científicos lo sean. El ejemplo de tantos físicos nucleares de hoy no es el de un escrupuloso o el de un moralista puro, es el caso del científico consciente. Todas las elucubraciones sobre la atomística no están libres de la preocupación moral, resuélvase ésa como se resuelva. Cuando para hacer avanzar la Ciencia en la Alemania de Hitler se hicieron experiencias médicas sobre seres humanos la conciencia universal de la misma Ciencia se revolvió en contra.

Más aún, uno de los acicates mayores de la Ciencia es su aplicación para resolver los problemas más humanos de la existencia como son la comida, la habitación y el vestido sin hablar de la salud. La Ciencia nunca se ha desinteresado del hombre y nunca se ha liberado de la preocupación moral. La fórmula de la Ciencia por la Ciencia, paralela a la del arte por el arte, no es desde luego científica.

La Teología ha estado presente por medio de una moral negativa por una lado, a base de prohibiciones que trascienden el orden de la Ciencia y a las que ésta no obstante se pliega con mayor o menor docilidad. La Ciencia por ejemplo no ha llegado aún a encontrar diferencias fisiológicas fundamentales entre el animal y el hombre, y se ha negado, sin embargo, a colocarlos en un mismo plano. La Teología se encuentra por otro lado también presente en virtud de una moral positiva que conmina la Ciencia a seguir un camino en vez de otro y a ayudar al hombre en sus problemas perentorios. Cuando la Ciencia se ha puesto al servicio del Estado, por ejemplo, a pesar de los posibles abusos, lo ha hecho libremente en virtud de un imperativo moral que sentía dentro de sí misma. Más aún, el paso de la Ciencia a la Técnica no viene condicionado primariamente por un interés económico o de explotación o de poder sino en virtud de un motor moral que impele la Ciencia a ser útil y a prestar servicio a la humanidad, aunque luego este ideal pueda venir adulterado por servir sólo una clase, un grupo, nación o raza. Apuntamos solamente el problema.

Hubo un tiempo en que la ocupación científica se consideró peligrosa para la fe y por tanto desaconsejable desde el punto de vista cristiano. Los males de una tal actitud se pagan aún hoy día, pero ésta prácticamente ha desaparecido y no hay documento cristiano que trate hoy sobre el asunto que no recuerde a los creyentes el deber de su presencia en el campo científico, secular, técnico, político, etc. De todas partes y por todos los tonos se les dice hoy a los cristianos: "id vosotros también a trabajar a la viña" del mundo.

La Teología suple así su ausencia especulativa por una presencia práctica humana. Es de esperar que los frutos de una tal presencia no tardarán mucho en hacerse notar. Decimos esto, porque de momento el científico, inmerso en el mundo científico y al mismo tiempo profundamente creyente, no deja de sentir en su ánimo una profunda tensión y a veces también oposión no ya sólo o tanto en el orden más sutil del planteamiento de los problemas y de la esfera de intereses. No se puede negar que por lo general el talante religioso y el científico se encuentran aún a muchas leguas de distancia. Ésta ha llevado a los compartimentos estancos, que muchas veces no son fruto de la cobardía sino sana reacción de defensa. Mientras no exista una teofísica digna de este nombre — llámesela como se quiera — el creyente científico sufrirá siempre de un cierto malestar crónico por la exclusiva dimensión de aquendidad constitutiva de la Ciencia. Algo de ello diremos más adelante.

Lentamente se va abriendo paso en la cultura occidental una Filosofía que no quiere desentenderse de la Ciencia y que quisiera ser algo más que mero cientismo. Filosofía que está de hecho, por lo menos, aliada con la Teología. Un cierto renacimiento tomista y un conjunto de movimientos sobre Filosofía de la Ciencia se encuentran en esta dirección. La Filosofía le ruecuerda a la Ciencia que existen otras cosas además del dato o el objeto científico. Más aún, la Filosofía surge muchas veces del interior mismo de la Ciencia sin necesidad de que venga importada del exterior. Piénsese por ejemplo en el nacimiento de la psiquiatría y de la psicología profunda que surgiendo del seno de la misma Ciencia muy pronto la trascienden. Es curioso observar también que una buena parte de los grandes físicos no resistan la tentación de escribir su libro de Filosofía, que podrá tener un valor más o menos discutible, pero que representa un síntoma más de lo que venimos diciendo, a saber que la separación entre Ciencia y Teología no es ni natural, ni perdurable. Ni que decir tiene que la Filosofía, volente nolente, resulta siempre ser una quinta columna de la Teología. Por la boca muere el pez y por la palabra se manifesta el Logos.

Finalmente, la misma Teología va haciendo su aparición en la escena científica. Hoy día es casi una banalidad hablar de la Teología de las realidades terrestres, de una Teología del trabajo y de la consecratio mundi, a pesar de lo rudimentarias que puedan ser aún las ideas en circulación. Se habla no solamente da una Teología del amor humano y del tiempo libre, sino de la misma técnica y de la máquina. Es aqui, en donde quisiéramos esbozar algunos apuntes para una Teofísica.

La Teofísica

1. Sus características

Después de todo lo dicho acaso se comprenda un poco mejor lo que para decirlo con precisión necesitaría de sus propias categorías. A guisa de introducción provisional apuntemos tres caracteres de esta presunta Teofísica:

a) antropológica — La visión unitaria que deriva de una concepción de la realidad vista desde Dios y en Dios nos lleva en primer lugar a no excomulgar al hombre del mundo. Un extremo consiste en la concepción ingenua y acaso primitiva que considera al hombre como una cosa más entre las cosas, sin discriminación ni distinción; pero el otro extremo estriba en tomarmos tan en serio la razón humana o aun su espíritu que, enorgulleciéndonos de tal modo de este su "privilegio", olvidemos que el hombre es polvo de la tierra y "humus" de este planeta, "cosa" con las cosas, contingente con los demás seres y e%n un destino común con ellos. Vistas las cosas teofísicamente no hay hombre por un lado y mundo por el otro sino un antropocosmos, primer elemento de un cosmos más total aún (ya que ángeles y demonios pululan el universo) que a sua vez se culmina en un teocosmos, en el que Dios no deja de ser Dios ni el mundo obra de Dios. Pero volviendo ahora a nuestro antropocosmos: en él no sólo no se separa el alma del cuerpo sino que tampoco la tierra y el hombre se enemistan y dividen. Existe una simbiosis positiva que llega tan lejos como para permitir la reconciliación entre el hombre y la máquina. Si bien es cierto que el ser humano se ha maquinizado en estos últimos tiempos, no es menos verdad que la máquina se ha humanizado y se va incluso hominizando cada vez más. La última razón estriba en que, en el fondo, el hombre y la máquina por material y técnica que ésa sea, no son dos "cosas" completamente extrañas la una a la otra y heterogéneas. Esta unidad entre el hombre y el cosmos está repleta de consecuencias en todos los órdenes. La relación entre nuestro cuerpo y nuestra alma, por ejemplo, supera el dualismo que ha corroído una buena parte de las raíces cristianas de la cultura occidental. La unidad del hombre se toma más en serio que en la época postcartesiana dualista, que oscilaba entre considerar al. hombre como si fuese sólo espíritu (concepción incompatible con el Cristianismo) o bien como si constase de alma y de cuerpo, como de dos cosas, dos sustancias (igualmente inaceptable teológicamente). De ahí la visión positiva de la ascesis y aun la concepción plenamente humana de la misma mística que no puede ser completamente acósmica e incorporal. Las mismas cosas adquieren también una nueva dimensión porque vuelve a descubrirse el parentesco óntico entre ellas y el hombre. Cristo caminando sobre las aguas fue algo más que un taumaturgo y San Francisco predicando a los peces algo más que un poeta. Las piedras vivientes, el agua viva, el fuego supratemporal, el zarzal que arde sin consumirse, las piedras preciosas de la Jerusalém celestial, los ojos y las alas de los animales celestiales, el cordero sacrificado y no obstante vivo, etc., etc., son todo algo más que primitivismos o hebraísmos y simples metáforas que hay que desmitologizar (para luego paradójicamente "metafisizar").

La Teofísica no se limita, sin embargo, a una visión teológica clásica del mundo creado desde Dios, sino que pretende mucho más. Pretende ante todo ver al Dios de las cosas, o a Dios en las cosas, o verlas como Dios, dijimos. No pretende ver al Dios trascendente, al Otro por medio de la lupa de las cosas, sino que aspira a ver lo más recóndito de lo que las cosas mismas son, su núcleo más íntimo, su constitución ultrametafísica, esto es aspira ver a Dios mismo hecho, esto es creado, cosa. Para esto no recurre a la contemplación allende, sino a la observación rigurosamente científica, aquende la experiencia;

b) escatológica — Por sua misma peculiaridad de querer ser una visión global y plena de la realidad sin desconectarla de su mismo fundamento, la Teofísica con todo y valorar positivamente al tiempo no permanece engarzada en él. Ningún ser es completo mientras peregrino e itinerante, ninguna estructura es acabada y por lo tanto ninguna afirmación es definitiva mientras no agote todo el itinerario temporal. Por otra parte, la Teofísica se guardará muy mucho de transcender el tiempo simplemente saltando por encima de él, colocándose inmediatamente en la visión intemporal como si la temporicidad de las cosas fuese un mero accidente de ellas. La visión teofísica no es intemporal, ni mucho menos eterna, sino que es postemporal (holotemporal) y a lo más tempiterna. Esto es, nos da la visión de un ser o de un proceso al final de todo su périplo temporal si esto es posible o, en caso contrario, nos ofrece la constitutiva apertura de un ser que por aún-no-ser (pues el ser está al final) presenta una temporicidad todavía en gestación y desarollo. De ahí la humildad y provisionalidad características de la Teofísica. Queriendo descubrir el máximo de las cosas, pues las escudriña como Dios-creado, se ve obligada a decir el mínimo, ya que esta aventura divina ad extra se está aún desarrollando en el tiempo y en el espacio. La Teofísica no niega que pueda existir un salto fuera del tiempo — propio de la verdadeira mística — pero reconoce que entonces ya no sería más Física y por tanto tampoco Teofísica.

Es algo más por tanto que una visión finalista lo que ofrece la Teofísica, es ante todo una visión temporal cumplida y por tanto escatológica, aunque esta palabra represente aquí un fin de los tiempos que como límite matemático de una serie convergente pertenece aún a la misma serie y no ha saltado ya la barrera del tiempo como tampoco aquella del espacio. El cielo nuevo y la tierra nueva de la Revelación cristiana adquieren para la Teofísica una importancia primordial y su temática no es algo así como un apéndice que se encuentra mal en la Teología clásica y peor en la Ciencia física. Por el contrario, es precisamente el estado definitivo de la materia, como del cuerpo y de las demás "realidades" físicas el que nos mantiene en constante apertura y preparados para cualquier eventualidad mientras las cosas aún-no-son y el tiempo sigue su ritmo. Hasta qué punto sean permitidas extrapolaciones y decir algo de lo que ahora "es" en función de lo que "será" es una tarea delicada e importante de la Teofísica. Un Teilhard de Chardin, por ejemplo, a su manera lo ha intentado.

La muerte y la resurrección son dos categorías fundamentales de esta concepción teofísica del universo. Hasta que un ser, proceso o cualquier factor o dato no ha muerto, no ha cumplido ni su tiempo ni su misión. Por otra parte nada válido se podría decir si no hubiese inmediatamente una dimensión de resurrección aneja a la primera. La Ley de la transformación de la energía y en general los principios de la termodinámica, por ejemplo, adquieren bajo esta perspectiva una luz considerable;

c) teológica — Finalmente la Teofísica presenta una visión auténticamente teológica del mundo material, en el sentido que hemos indicado más arriba, esto es como visión del Dios que se revela como universo no ya en su conjunto sino en el detalle concreto y amoroso que la Ciencia descubre y que la Teofísica reelabora y profundiza.

La Teofísica es ante todo Física; no pretende ser otra cosa que la verdadera Física, la más profunda, que no se ha segredado de la Realidad por abstracciones que comienzan siendo metodológicas y que terminan anquilosándose y convirtiéndose en mortales. Donde no hay Física no hay Teofísica posible y el concepto de Física se toma en todas las acepciones del vocablo, sin excluir el más contemporáneo, fenomenológico y matemático. La concepción clásica de una cierta cosmología consistía en decir que la "Física" aristotélica por el hecho de morder en la sustancia de las cosas permitía un contacto con la realidad y por tanto ofrecía una plataforma para remontarse hasta la última Realidad; pero que la "Ciencia" moderna por el mismo hecho de haber renunciado a la sustancia y a cualquier afirmación sobre la misma naturaleza "real" de las cosas gozaba de una total independencia con respecto a la Teología ya que no permitía sacar ninguna consecuencia con respecto a la realidad, ni de las cosas, ni de ninguna otra realidad transcendente. Dentro del contexto clásico esta opinión no deja de tener su razón, pero inscrita en una problemática más general es a todas luces insuficiente. No se puede, sin más, excomulgar del ámbito del ser — y por tanto del Ser — a una Ciencia porque no se refiere a "sustancias". Indiscutiblemente que la tal Ciencia no ofrecerá una base para remontarse causalmente hasta Dios, pero esto no es motivo para que no posea un lazo com la Divinidad acaso aún más fuerte que el de la causalidad epistemológica. Lo que nos interessa aquí es hacer notar simplemente que la visión científico-matemática de la realidad e no deja de revelarnos una faceta de esta misma realidad y de la Realidad suprema, no ciertamente por sí sola, en cuanto transcendente, pero sí en cuanto inmanente a aquella misma realidad que en último término sostiene, origina y en definitiva "es".

La dimensión teonológica de la Teofísica aparece más clara cuando consideramos que representa un acercamiento a la realidad física con todos los medios de que el hombre dispone para el conocimiento y el dominio de la realidad sin excluir la fe. También aqui, debemos luchar en contra de hábitos microdóxicos inveterados. Cuando decimos fe, en primer lugar, no excluimos las demás formas de conocimiento. Más aún, la fé incide siempre sobre un conocimiento intelectual previo y aun muchas veces racional. No tiene sentido postular fe en un animal, por ejemplo. La visión de la fe no excluye ni desplaza la consideración cientfiíca, y por lo que se refiere a nuestro caso la presupone y necesita. En segundo lugar, cuando decimos fe no entendemos una espécie de simples aceptación de las "verdades de la fe' o de los "datos revelados" como proposiciones intelectualmente elaboradas que haya que manejar y conmbinar con las "verdades científicas" y los "datos de la .Ciencia" para meterlos en armonía y conjugarlos de forma que podamos luego sacar deducciones interessantes. Ante todo, ni la verdadeira Teología es una simple ciencial de conclusiones ni la primera función de la fe es la apologética. Cuando decimos que la Teofísica además de ser Física es verdadera Teologia, queremos con ello significar que es una simbiosis positiva y vital entre intellectus quaerens fidem a una fides quaerens intelectum, que es una apertura del sobrenatural y un camino hacia él, que nos sensibiliza para descubrir la dimensión recóndita y real de las cosas, que es una participación del mismo conocimiento con que Dios se ve a Sí mismo (en este caso como universo material creado) que se nos va desvelando a medida que la simbiosis aludida se va desarrollando. Muy lejos estamos, en esta empresa, de la intención de hacer concordar la fe con la razón o la Teología con la Ciencia. La incumbencia de la Teofísica es otra y en muchos casos puede muy bien presuponer la Apologética; pero es fundamentalmente una tarea desde el interior de la misma fe, aunque no le sea ajena la convicción que una exposición plenária del universo visto desde la Teofísica pueda muy bien tener un valor apologético igual o mayor (aunque siempre de otro orden) que el de una lección de Apologética clásica.

2. Epílogo

Hemos tenido que mantenermos en la generalidad más pura intentando de delimitar un concepto. Para mostrar su fecundidad se debería ahora ejemplificarlo y hacer ver como una visión teofísica del mundo aporta una nueva luz tanto a la Física como a la Teología. A la Física, por un lado, porque le vuelve a dar aquella dignidad de Ciencia teológica y de hábito humano, dándole la conciencia que se las tiene que haber con algo más que con simples procesos, fórmulas o comportamientos, sin otra compensación luego que tal cultivo da prestigio, dinero e poder sobre los ombres e sobre la naturaleza. La dignidad de la Física es mucho mayor que todo esto. La Teofísica le hace llegar, a ella también, hasta las mismas entrañas de Dios, en quien — paradójicamente — por ser simple, el roce más superficial le penetra hasta lo más profundo de su Ser; ella también descifra la Revelación de lo que Es y de Quien es. A la Teología, por el otro lado, porque le reconcilia con el mundo científico que se había casi perdido del ámbito teológico y con su contacto la vivifica y enriquece. Toda una dimensión de la Teología de la creación material sólo nos puede venir de la aportación teofísica.

Veamos uno de los puntos más centrales de este ejemplo: Una visión corriente dentro de la Teología de la creación, influenciada mucho más de lo que comúnmente se cree por una cierta concepción de la Ciencia, coloca el acto creador de Dios al principio del tiempo, de manera que una vez Dios creó el mundo pudo al séptimo día descansar y limitarse a "conservar" el universo y a ejercer una espécie de "supervisión" de ingeniero-jefe para corregir alguns defectos o para "intervenir" en lo que la Ciencia hasta ahora no puede explicar (digamos, la creación directa del alma humana, por ejemplo o la "creación" de los diversos reinos naturales, sean éstos los géneros o las especies). Es evidente que la Ciencia no puede manifestar una excesiva consideración por un Dios, cuya misión ha consistido en poner en marcha universo y que ahora se limita a "tapar los huecos" que la Ciencia aún no puede explicar, para retirarse "estratégicamente", cuando la explicación científica llega. Tampoco la Física sola puede decir mucho acerca de la creación y el científico creyente se encuentra, muy a su pesar, encerrado en una dicotomía que no favorece ni su fe ni su razón. La Teofísica nos haría ver entre otras cosas cómo la llamada Causa primera no es la primera en el orden exclusiva ni primordialmente temporal, de manera que pueda considerarse como un primer anillo que sostiene al segundo, éste al tercero y así sucesivamente, sino que es una Causa que está inmeditamente causando cualquier "causa segunda", esto es, con otras palabras, que la creación no es una cosa del pasado sino del presente, que el fiat creador no es un acto del inicio del mundo, sino que es el acto sempiterno de Dios por el que crea las cosas a lo largo el tiempo, esto es, que es un acto del presente. Cualquier alma contemplativa "ve" que Dios está hoy, ahora, creando el mundo. Dios no está sólo al inicio o al final del mundo sino que lo está creando en la medida que el universo es, subsiste y evoluciona. Toda la teoría de la evolución no quiere ser otra cosa que la reacción en contra de um concepto estático del universo que una cierta concepción — postcartesiana — de la realidade nos había hecho creer. Lo triste del caso es que esta sed teológica de la Ciencia no haya sido hasta ahora adecuadamente compreendida ni por los mismos científicos ni por los teólogos. La Teologia, en estos problemas no es ni un complemento extrínseco ni un suplemento aditivo de la Física, sino "su alma invisible, su dimensión más profunda. Todos los trabajos actuales sobre la expansión del universo, como sobre el origen de la vida, como los de la evolución, de la esencia de la cibernética o del automatismo, etc., son, en el fondo, problemas teofísicos que ni la Físico-matemática sola ni la Teología ad usum pueden adecuadamente resolver.

En el fondo, a pesar del neologismo, la Teofísica nos es solamente el motor escondido que dirige la investigación científica (puesto que cualquier conocimiento tiende a Dios como cualquier amor a aspira a: Él) sino que ha sido la aspiración consciente de una gran mayoría de los creadores de la Ciencia moderna. Newton decía que sus obras teológicas eran por lo menos tan importantes como sus escritos científicos. Las oraciones de un Kepler o de un Copérnico están en la misma línea que las efusiones de un Agustín o de un Anselmo. El conflicto con Galilei y casi todos los demás surgieron precisamente porque mayor blasfemia parecería aún la separación de dominios que los conflictos que al entonces podían parecer inevitables. Los modernos tampouco se excluyen de este afán por una concepción plenaria e aun mística del universo. Tanto un Einstein como um Planck para no citar más nombres nos ofrecen un ejemplo del afán aunque no siempre de la realización.

Escribía Kepler en su libro de Ciencia:

"O qui lumine Naturae, desiderium in nobis pro moves luminis Gratiae, ut per id transieras non in lumen Gloriae; gratias ago tibi Creator Domine, qui delectasti me in factura tua, et in operibus manuum tuarum exultavi."



Fuente http://www.sophia.bem-vindo.net

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