martes, 26 de junio de 2012

Unas notas sobre María, compañera y esposa del fallecido Raimon Panikkar

María, señora del silencio, que fue esposa del fallecido Raimon Panikkar

Hace apenas dos semanas que murió Raimon Panikkar. Se ha escrito bastante sobre él y sobre su obra, no es para menos, aún queda muchísimo más por escribir, por pensar, por aprender (de) y aprehender su persona y su obra. Yo mismo he escrito en varias ocasiones algo sobre él. Me siento en koinonía.

Pero, me ha llamado la atención que nadie ha dicho públicamente nada sobre María, su actual viuda, y esposa y compañera durante muchos años de sus vidas. Tampoco yo lo he hecho, mas es de justicia hacerlo.

Durante mis años de amistad, regalo de Dios, con Raimon tuve muchas ocasiones de estar en contacto amistoso también con María, aunque en mi caso he de advertir que fue mi esposa Paqui quien trabó una amistad más seria con ella.

Yo siempre la llamé de palabra y en mi corazón: “Domina Silentii” y lo de “Domina” lo decía, y sigo diciendo, en el sentido más original de la palabra latina: Dueña. María era y sigue siendo, ahora de manera imperiosa a causa de su enfermedad (alzheimer), portadora de un silencio ejemplar, paradigmático, que me hace recordar constantemente el Silencio Originario anterior al Inicio. De ella nadie habla, no se escribe, la televisión, al proyectar imágenes de los funerales de Raimon, ignora la presencia de María y de la hija adoptiva de ambos, María también, hindú que vive en Vic con su esposo vicense (creo) y un bebé. Supongo que a más de una persona habrá llamado la atención este sistemático “pasar de María”.

Su nombre completo es María González Haba, nació en Extremadura, ignoro en qué ciudad. La conocí en enero de 1982 en una reunión de teólogos/as que se celebró en la residencia de los jesuitas en Sant Cugat del Vallés (Centro Borja). Me la presentaron como esposa de Raimon y como teóloga. María hizo los doctorados en filosofía en Madrid y en teología en Munich, en cuya universidad estuvo de secretaria de M. Schmaus. Su tesis doctoral en teología lleva por título “La figura de Cristo en el maestro Eckhart”. Tengo la suerte de tener la única copia, según expresión de la propia María, que hay de la tesis original.

También se licenció en psicología. Nunca se ha dedicado a la enseñanza. Pero sí que escribió una serie de novelas, ya no escribe por su enfermedad, en las que imprimía su visión del mundo, su religiosidad, sus ansias profundas de libertad de ser. Para mí son de destacar: El nuevo siddhartha e Hierba amarga.

En el primero hace una revisión del personaje de Hermann Hesse, al que quiere dar, según su propia expresión más alegría de vivir, libro que acaba con el capítulo: “La compañera de Siddharhta bendice a todo lo que existe por su amor eterno a Siddhartha”, en contraposición al Siddhartha de Hesse en el que no se vuelve a hablar de la compañera. El de Hierba amarga es una narración imaginaria, basada en la represión que existe en la ¿formación? Que se da en los conventos femeninos.

También María era una buena intérprete al órgano de la música de Bach, en una ocasión nos interpretó en la parroquia de Tavertet unas tocatas del genial músico y digo “era” porque su enfermedad no le deja ya serlo.

Raimon y ella se conocieron en Munich.

María es una persona de una religiosidad profunda, muy seria, y la vive con una perspectiva cristiana total, pese a haber estado en muchas ocasiones en India viviendo durante meses y de conocer bien la lengua utilizada en Benarés (les oí a ella y a Raimon hablar del tamil y del telegú) para su expresión religiosa, los rasgos que aparecen son institucionalmente cristianos: vivencia de los sacramentos, sobre todo de la eucaristía, oración constante de petición, poner a los santos como intercesores (no mediadores) en sus oraciones. Por el Opus no siente especial atracción y pese a ello encomienda también sus oraciones a J.M. Escribá de Balaguer desde que lo canonizaron.

En ella no vi lo que Raimon afirmaba de sí mismo: “Fui a India cristiano, y volví hinduista y budista sin dejar de ser cristiano”, él era todo ello y en modo alguno ecléctico sino que vivía una fusión total, era una triple dimensión de su religiosidad única. María no tenía, ni creo que tenga estos rasgos.

Tenía (hablo en pasado porque ahora bajo los efectos de su enfermedad no sé que pasará por ella) un trato muy coloquial con Dios (¡en esta palabra -Dios- caben tantas cosas…!) que ella vivía, según vimos en más de una ocasión, como el ABBA de Jesús. Padecía un verdadero horror a la muerte y se peleaba con el PADRE “por habernos destinado en el tiempo a ese final”.

De su actitud cristiana lo que a mí siempre me impresionó (y me sigue impresionando) fue y es su tremendo, su profundo silencio (de palabras y de ser). El afán de su vida era “servir a Raimundo” (ella siempre lo llamaba Raimundo), estaba tan profundamente llena de amor hacia él que por él lo hacía todo y lo aceptaba todo, lo veneraba de una manera incondicional, era muy consciente del valor intelectual de su esposo y desde el comienzo de sus vidas compartidas se colocó detrás de él con una doble intención, empujarle a hacer algunas cosas (como algún libro que Raimon escribió impulsado por ella, como “Paz y desarme cultural”) y no obstaculizar que a la vista de todo el mundo apareciera sólo él y que a ella no la vieran, ella no importaba (para sí misma) nunca para el ojo público.

Durante toda su vida de matrimonio vivió este silencio, que no era ausencia, sino espera y amor, espera no ya de un futuro que depararía no sé qué (algo posible, mas…), sino en una profundidad de un presente, profundidad que nos hacía a todos vivir con intensidad cada momento, conscientes de que todos y cada uno realizaba una presencia del Misterio con modalidades distintas y con un núcleo único: el Misterio mismo. Ella solía entonces llamarlo: Divina Providencia.

Cuando llegó el momento de la persecución del obispo Guix, persecución que iba dirigida contra la presencia de “una mujer en la vida de un presbítero” (¡literalmente así, sin un solo nombre propio!), María siguió asumiendo lo que en ella ya se había hecho carne: servir a Raimundo en silencio. Nos decía a Paqui y a mí en aquellos momentos: “¿Qué le importa a Guix si yo le (a Raimon) hago la comida, le arreglo la casa, lo cuido, le preparo la ropa… y luego me voy a dormir a la otra casa, la de la fundación Vivarium?” La casa donde vivían ellos y la de la fundación están a unos trescientos metros de distancia. La cruel persecución de la institución católica no la hizo desfallecer en su fe, ni siquiera en su constante petición a Cristo por medio de los santos.

Siempre vivió el Silencio y el Velamiento, hizo suya la expresión: “Conviene que él crezca y que yo desaparezca”. Su amor le hizo vivir en la entrega sin medida al Amado y al amado, entrega en la que ella no contaba nunca como tal, siempre retirada al último lugar en el que no fuera notada.

Raimon y ella adoptaron una jovencita de India, a la que llamaron María, la jovencita ya es mujer casada, maestra en un colegio de Vic y con un hijito de meses. Madre e hija se han ayudado constantemente en ese silencio vivido durante tantos años. La hija ha sido un gran báculo de amor para la madre.

Hoy el silencio de María, compañera de Panikkar, se ha hecho presente también en su fisiología, padece un alzheimer, como he dicho anteriormente, que le está haciendo olvidar muchas cosas de su pasado. El viernes en el funeral que celebramos en Montserrat todos los amigos, discípulos y conocidos del maestro, ella estaba presente como es lógico, también los hermanos, sobrinos y familiares de Raimon, ella ¿se colocó? estaba en un rincón del primer banco, la presidencia para la familia de Raimon. La abrazamos para darle la paz y al final del acto, que fue hermosísimo y ecuménico, mi esposa y yo haciéndonos unos con ella y su dolor, pero apenas nos recordaba… y hemos compartido muchas conversaciones, comidas y ratos los cuatro en Tavertet…


Jose Antonio Carmona Brea
Fuente: http://www.redescristianas.net

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