martes, 3 de julio de 2012

Entrevista a Raimon Panikkar


Raimon Panikkar i Alemany nació en Barcelona en 1918. Doctor en Filosofía, en Química y en Teología, ha enseñado en prestigiosas universidades de todo el mundo y es autor de más de cuarenta libros originalmente escritos en seis idiomas y traducidos a más de una docena de lenguas. Después de haber vivido en Cataluña, Alemania, Madrid y Roma se trasladó a la India y allí maduró su vocación de ser puente entre Oriente y Occidente. Profesor emérito de la Universidad de California, a medidos de los ochenta se instaló en Tavertet (Osona), “en el corazón de Cataluña”, desde donde continúa su tarea intelectual y vital.

Raimon Panikkar es un pensador experto en conciliar posiciones aparentemente inconciliables. Su estudio se basa en la cultura India, en la historia y en la filosofía de las religiones. Se ordenó sacerdote en 1946 y fue uno de los miembros relevantes del Opus Dei, institución que posteriormente abandonó. Hoy se considera, además de católico, hinduista y budista.

Es autor de más de 40 libros en diversos idiomas.

Los indios Cree de Canadá, cuando conocieron la civilización moderna, nos enviaron este mensaje: Sólo cuando hayáis talado el último árbol, cuando hayáis contaminado el último río, cuando hayáis extinguido el último pez, os daréis cuenta de que el dinero no se puede comer ¿Cómo ves el estado actual de la Tierra?

Me invitaron a una conferencia en Italia sobre este tema. El título era ‘La Tierra no puede esperar”. Yo era el primero en intervenir, y dije: “no es cierto”. La Tierra si puede esperar, somos nosotros los que no podemos. No mataremos la Tierra. En la lucha contra la Tierra el hombre perderá. Somos nosotros los que estamos en peligro. No se trata solo de decir que “el dinero no se puede comer”, sino también ver que el hombre sin la Tierra no sería hombre. No podemos disociarnos de la naturaleza sin perjudicarnos. El cordón umbilical que nos liga a la Tierra es mucho más profundo que los vínculos biológicos, y si maltratamos a la Tierra, en realidad nos estamos maltratando a nosotros mismos

¿Cómo ves en este contexto la ecología?

La ecología es una tímida reacción a esta situación, pero todavía opera dentro de los parámetros de la cosmovisión dominante. La revolución industrial quería poner la naturaleza al servicio del hombre, “rey de la Creación y señor de la Tierra”. El hombre es, ciertamente, el fruto máximo, pero no el rey. En gran medida, la ecología todavía no se ha desapegado de esta actitud. Podemos ponernos a reciclar, pero la idea de fondo es todavía la misma: que la Tierra es una fuente de recursos que tenemos que administrar. La ecología como una explotación racional de la Tierra todavía se encuentra dentro del mito científico judeo-cristiano. Es más de lo mismo, pero con guantes y una sonrisa.

En el mundo moderno la cultura tecnocrática no sólo ha cambiado la forma de vivir, sino también nuestra forma de pensar y la experiencia misma de la realidad.

La explotación que hacemos es un pecado de “lesa terra”, por ejemplo con el petróleo. Pero si hablamos de los derechos de la tierra ya estamos antropormofizando.

En contraste con la ecología y como superación de ella, acuñaste en los años 70 la palabra “ecosofía”, también acuñado independientemente y en un sentido diferente por Arne Naess ¿Qué es la ecosofía?

Es al mismo tiempo nuestro conocimiento sobre la Tierra y la sabiduría de la Tierra misma, que hemos de intentar escuchar y compartir. La ecosofía quiere honrar la conciencia ecológica, que se está extendiendo por todo y a la vez ampliarla desde una perspectiva intercultural. La ecosofía se separa de una ecología que, mediante el llamado “desarrollo sostenible”, busca prolongar el actual estatus quo.

Desde una perspectiva intercultural, desenmascara la creencia occidental de progreso, el mito de la historia y nuestro gran ídolo: la ciencia moderna. La ecosofía plantea un cambio radical de percepción tanto del hombre como de la Tierra. Trata la Tierra misma como un ser vivo. La Tierra no es materia inerte o un simple planeta que da vueltas alrededor del sol.

¿Qué problemas encuentras en la ciencia moderna?

A diferencia de lo que tradicionalmente se entiende por ciencia, ‘gnosis’, ‘jñâna’, la ciencia moderna separa el conocimiento del amor, de la comunión con lo conocido. Es principalmente cálculo y clasificación y sólo se justifica por sus resultados: las proezas tecnológicas. La ciencia moderna está intrínsicamente ligada a la tecnocracia. La divinización de la Razón llevada a cabo por la Ilustración ha traído la absolutización de lo Racional, de donde deriva nuestra crisis actual de civilización. El resultado es la ‘megamáquina’ (la máquina de segundo grado), tanto en la sociedad como en nuestra visión del Universo. Pero la materia está viva, y por eso el enfoque exclusivamente mecánico de la materia es metodológicamente erróneo. Todos los seres tienen una espontaneidad vital que hay que respetar. Por otro lado, la ciencia moderna da por supuestos postulados, enfoque y conceptos de materia, energía, vida espacio y tiempo, que son incompatibles con la experiencia y los arquetipos de la mayoría de las culturas occidentales. La ciencia moderna no es neutral ni universal. Produce resultados fantásticos, pero la mayoría de sus datos son irrelevantes si lo que realmente queremos, como pide la ecosofía, es compartir la sabiduría de la Tierra y participar plenamente en la aventura de la realidad.

De esta perspectiva intercultural surge también tu crítica al desarrollo.

Los arquetipos que están en la base de la idea de desarrollo implican una antropología inadecuada para tres cuartas partes de la población del mundo. El desarrollo ve al hombre como un montón de necesidades cuantificables que hay que desarrollar. Da por supuesto que el hombre se desarrolla de la misma manera que el universo material. No es extraño que el desarrollo lleve a una competición despiadada. El desarrollo es un concepto ajeno al alma afroasiática en general. Por esta razón la civilización tecnológica es una creación (extraordinaria cuando se la contempla aisladamente) de una sola cultura, la occidental. El desarrollo contiene una ideología implícita y sirve a los intereses de la civilización que tiene detrás. Afirmar que no hay alternativas al desarrollo es una forma moderna de colonialismo. La esencia del colonialismo no es la explotación sino el ‘monoculturalismo’, la creencia de que una sola cultura puede marcar la pauta para solucionar los problemas humanos. El llamado “tercer mundo” es en realidad dos terceras partes del mundo, y es insultante que llamemos a esos países en “vías de desarrollo”, como si no fueran otra cosa que una versión embrionaria de lo que somos nosotros, y que llegarán si nos obedecen.

El desarrollo es parte de la fe en el progreso, que también criticas.

La fe en el progreso nos quiere hacer creer que somos corredores de una carrera. No es sorprendente que la aceleración sea un concepto central de la ciencia moderna. Hemos caído en la idolatría de creer que la cantidad vale más que la calidad. ¿Nos harán creer que una hora de sueño, una de alegría y una de angustia son todas 60 minutos? Pensar que el tiempo es homogéneo y que todo se puede medir, ¡Eso si que es primitivismo! El hombre moderno vive abocado al futuro. Nos falta contemplación, por eso estamos siempre nerviosos y no sabemos disfrutar del tiempo.

Decías que la Tierra y la materia están vivas. ¿En qué sentido?

Encuentro alentador ver que mucha gente en Occidente empieza a recuperar la creencia milenaria de los pueblos de la Tierra que peyorativamente llaman animismo. Todo tiene vida, y la Tierra misma tiene alma, vida propia. Hablo de animismo en el sentido tradicional de un principio divino que anima la realidad y que es inmanente a la naturaleza. La vida y el alma no son accidentes que aparecen en el mundo material, no son epifenómenos en un pequeño rincón del universo, sino atributos esenciales de la realidad. Todo está unido: la Tierra está viva, la materia está viva. Tienen vida mineral, vida mineral, no autoconciencia o sensibilidad. Es interesante saber que la Iglesia no se opuso nunca a la creencia en el “anima mundi” (lo que condenó fue creer que este alma fuera el Espíritu Santo, lo que sería panteísmo).

¿Qué recomendarías, por ejemplo, a los que viven en las ciudades para volver a sentir que la Tierra está viva?

Se necesita contemplación, silencio, paseos… pasear más, y no coger un taxi para hacer un kilómetro cuando se puede caminar. El silencio interior nos ayuda a no aturdirnos, a no reaccionar con las mismas armas contra lo que nos agrede. Hoy no es fácil, ni siquiera en un pequeño pueblo. Un día caminaba y escuchaba el estrépito de un martillo neumático en casa de los vecinos. Resulta que ese ruido no era de ninguna herramienta industrial, sino de lo que llaman “música máquina”…

¿Qué recomendarías a nivel del conjunto de la sociedad?

Los desafíos de hoy no sólo piden reformas bien intencionadas o soluciones técnicas, sino una transformación radical, una metanoia (cambio de conciencia), una superación de la visión puramente mental. En necesario, primero, superar la falacia de la cantidad. Numéricamente cinco millones es más que trescientos mil, pero las personas no son cuantificables. Somos microcosmos: no somos, cada uno, una pequeña parte de mundo, sino un mundo pequeño. El complejo de inferioridad es falta de fe. Los santos no han tenido nunca complejo de inferioridad por mucho que estuvieran en minoría. Una epidemia actual es la depresión y la angustia, que en buena medida es tirar la toalla, perder la esperanza. Pero la esperanza no es de futuro, sino de lo invisible, de otra dimensión que hace que valga la pena vivir la vida, incluso si es una vida corta o bajo condiciones de explotación. La conexión con lo invisible te permite vivir plenamente sin rendirte. Como no creo en el futuro sino en la eternidad en el presente, puedo permitirme el lujo de ser optimista. Vivir la mortalidad y la eternidad en el presente nos deja las manos libres para construir un mundo mejor, no a partir de estrategias y proyectos sino de la libertad de espíritu, abierto a lo que la plenitud de la vida pueda traer.

¿Cuándo comenzaste a sentir la conexión con la naturaleza, ya de joven, o tal vez a través de tu experiencia en la India?

En la primera juventud. Tenía un primo cuatro o cinco años mayor que era apasionado de la naturaleza. Casi todos los fines de semana, siempre que hacía bueno, cogíamos la mochila e íbamos por Cataluña a subir montañas. Me acuerdo mucho del Tagamenent que no he vuelto a subir desde el año 1935 ó 36. También, naturalmente, Montserrat, y el Puigmal. Una vez me bañé en un lago glacial cerca de la cima del Puigmal. También probé escalar con cuerdas una o dos veces, pero me parecía un poco artificial. Lo que siempre me ha apasionado es ir paso a paso por las montañas.

Decía san Bernardo que los bosques y las piedras enseñan lo que no se llega a sentir de los maestros. ¿Te hablan los árboles y las rocas de Tavertet? ¿Qué te dicen?

Síi, me hablan en un lenguaje pétreo y arbóreo, pero no lo sabría traducir a las lenguas humanas. Sería una traición poner en boca de los árboles y las piedras lo que yo interpreto que me dicen. Hice Química en la Universidad de Barcelona e hice un montón de reacciones químicas. Después, al estallar la Guerra Civil, fui a una universidad alemana. Tenía un profesor bielorruso que había sido discípulo de Mendeleiev y que nos ponía siete horas en el laboratorio, ¡nada de libros! En todo caso estoy muy de acuerdo con esta frase de San Bernardo, que yo he citado muchas veces. Pero para sentir a los árboles y las piedras no hace falta ningún experimento, sino experiencia, que es más femenina, receptiva y contemplativa.

2010; Texto: Jordi Pigem, profesor de pensamiento ecológico

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