martes, 3 de julio de 2012

¿Es el monje un arquetipo universal?


Quien camina con simplicidad, camina confiadamente [1] (Prov 10,9). 

«El monje como un arquetipo universal». La frase es demasiado ambigua para resultar inmediatamente clara. 

Pero su ambigüedad es reveladora. Dividir aquello que uno contempla como un todo es doloroso. Nombrar, explicar, desarrollar, extender algo en el tiempo y en el espacio es desmontarlo por piezas. Así como el cuerpo de Prajápati se desmiembra en el acto de crear, parece como si esta visión simple e inefable, que es el símbolo del monje, sólo pueda ser comunicada fragmentándola, desmenuzándola. He de empezar por tomar un martillo y dar golpes a «la arquitectura universal del monje», como el niño que desmonta su juguete preferido para ver qué hay adentro. Y dentro puede que descubramos el vacío...

Este libro consta de un prólogo y de tres partes desiguales. El prólogo versa sobre el método a seguir. La primera parte tratará de aquello que es central en el «ser monje» en tanto que arquetipo humano. La segunda parte, en nueve capítulos -que fluyen de un principio general—, tratará de describir la vocación monástica actual. La tercera consistirá en una «síntesis» en forma de reflexiones generales en torno a este inagotable tema. 

Desde mi primera juventud me he sentido siempre monje, pero monje sin monasterio, es decir, sin muros, salvo los del planeta entero. E incluso éstos -así me lo parecía- tenían que ser transcendidos -probablemente por inmanencia- sin llevar un hábito o, si acaso, con los vestidos comunes a todos los miembros de la familia humana. Y también esos vestidos debían ser descartados, porque todos los vestidos culturales no son más que revelaciones parciales de aquello que ocultan: la desnudez pura de la transparencia total, visible solamente a la mirada simple de los limpios de corazón.

Me siento no sólo abrumado por hablar de este tema, sino incluso perplejo ante el camino a seguir. Probablemente el mejor método sería tomar algunos personajes seminales como Buddha, Antonio, Milarepa, Shankara; posiblemente algunos de los modernos como Bruno, Do-gen, Ramana Maharshi, etc., y deducir de ellos el arquetipo monástico. Este proyecto sería relativamente más fácil, y probablemente más interesante, especialmente para aquellos que están familiarizados con estos gigantes de la espiritualidad. Serían descripciones de aquella cualidad de vida y madurez humana que podrían servirnos de faro en nuestro agitado peregrinar. Con tales ejemplos, podría-mos acercarnos al arquetipo monástico.

Dos razones me han inducido a escoger un método diferente. Primero, los monjes ya suelen conocer la mayor parte del material mencionado; y, segundo, este procedimiento no contribuiría al cambio deseado y urgente porque presentaría el monaquismo tradicional por el lado más bonito. Tal presentación nos haría sentir a todos orgullosos de tales antecesores, pero quizá no dejaría ver aquello que para mí es la tarea de nuestro tiempo. Nos colocaría en la línea de imitar las proezas de los héroes, pero nos distraería de preguntarnos si la situación actual no nos pide una nueva metanoia, una nueva conversio, otro cambio radical de mentalidad o conversión, en lugar de una imitatio renovada o modernizada.

A una audiencia no monástica yo le diría que esta presentación se dirige al monje que hay en cada uno de nosotros y que no tiene deseo alguno de suplantar ni corregir la rica literatura monástica que hay sobre el monaquismo. Lo que realmente me gustaría es inspirar al lector a sumergirse en las fuentes de esta rica tradición humana, que como insistiremos más adelante no es en manera alguna un monopolio de los «monjes».

Las dos razones están conectadas. No me dirijo tanto a contar la historia del pasado o incluso a aventurarme en el futuro histórico, como a ocuparme de profundizar el presente transhistórico -para nosotros aquí y ahora. En otras palabras, estando existencialmente comprometidos con la vida cotidiana y la situación actual, haciendo uso de la ambigüedad de la frase «arquetipo monástico» nos dirigimos no a describir el monje como arquetipo, es decir, el monje como un paradigma de vida humana, sino a explorar el arquetipo del monje, es decir, la forma de vida del monje como un posible arquetipo humano. De hecho, la frase «arquetipo monástico» puede significar que existe un arquetipo monástico representado por el monje o del cual el monje es sólo una manifestación.

La distinción es importante y sutil. El monje como arquetipo podría ser tomado para dar a entender que existe algo llamado el monje ideal, y que los monjes han encarnado este ideal en grados diferentes. Este podría ser el mejor camino para una renovatio, una renovación de la pureza prístina del monje. He aquí un objetivo legítimo y urgente, pero que, de alguna manera, congelaría la creatividad humana tanto como nos ataría a la esencia platónica e inmutable del monje ideal. Aquí arquetipo significa modelo, forma prototípica (morphé), útil sólo para nutrir explicaciones y aclaraciones. Todo lo que nos queda es ser unos buenos o incluso mejores monjes. Hablar del arquetipo del monje, por otro lado, equivale a decir que hay un arquetipo humano que el monje pretende realizar con más o menos éxito. Los monjes tradicionales han tenido que poner en práctica en su camino «algo» que posiblemente también nosotros estamos llamados a realizar, pero de otra forma, forma que expresa el crecimiento y la novedad de lo humanum. Aquí arquetipo quiere decir un producto de diferentes fuerzas y factores, conscientes e inconscientes, individuales y colectivos, que entran en la confección de un perfil humano particular. En cierto sentido, eso nos permite iniciar la exploración del dinamismo de los múltiples factores que configuran la vida humana, ya que arquetipo aquí no significa modelo, sino más bien el producto de la misma vida humana. Este arquetipo, pues, resulta mutable y dinámico.

Pero la distinción es también sutil, ya que no permite ninguna separación. Puede que no tengamos otro acceso al arquetipo que el de estudiar o llegar a conocer al monje como arquetipo. No podemos crear de la nada ni podemos inventarnos un arquetipo según nuestra fantasía. Es la experiencia de nuestros antepasados cristalizada en la tradición y en la renovación de esta tradición la que nos dará verdaderas alas para volar en un viaje humano y no desintegrarnos a medio vuelo porque nuestras plumas eran artificiales. Un corolario notable de esta distinción sin separación es: considerar el monje como arquetipo, es decir, como un modelo que nos ayuda a sumergirnos en las fuentes del monaquismo y a investigar su inspiración. Hemos de conectar con la tradición. Estudiar el arquetipo del monje, por otra parte (mientras dure todavía la acu-mulación de experiencias humanas), nos ofrece la oportunidad de observar los signos de nuestro tiempo, a la vez que orienta nuestro futuro. Debemos descifrar el enigma de la modernidad. Y digo enigma porque hay que discernir entre una moda fugaz o superficial y aquello que enriquece y hace avanzar la tradición.

Esto significa que, a pesar de insistir en las diferencias entre tradición y modernidad (lo que haremos por razones heurísticas), no deberíamos perder de vista su continuidad. De hecho, los nuevos monjes son cabalmente los que contribuyen a la cristalización de aquel viejo arquetipo que voy a intentar describir.

El tema es tan vasto y la literatura tan abundante que una mínima justicia exige que me limite a lo que es la quintaesencia del monaquismo. Intentaremos hacerlo desde una perspectiva únicamente antropológica. Eso implica no sólo una limitación -de otra manera puede decirse cualquier cosa sobre monjes y arquetipos—, sino una dirección particular: un método que no busca las características sociológicas comunes, los paralelismos doctrinales o los denominadores comunes religiosos, sino aquellos aspectos del ser humano que están más profundamente arraigados en su naturaleza. Haremos esto —repito- sin menospreciar el monaquismo tradicional ideal, ni acudir al pasado para explicar las cosas.

Puntualizando: ¿Es el monje un arquetipo universal, es decir, un modelo universal para la vida humana? No. El monje sólo es una de las maneras de realizar este arquetipo universal. Sin duda alguna, es en y por esta forma (monástica) como podremos acceder al arquetipo universal, del cual el monje es una manifestación. Eso nos permite hablar, primero, del arquetipo universal del monje, con tal de que no congelemos el dinamismo interior de lo monacal; y, segundo, nos permite hablar del monje nuevo.

El método para este cometido es bastante especial. Se requieren métodos fenomenológicos, socio-morfológicos e históricos, simplemente para explicar las manifestaciones del monaquismo, pero hace falta algo más. Para ello necesitamos recurrir a algún tipo de aproximación filosófica y a una introspección personal. Pienso que el primer paso es suficientemente conocido, y me concentraré en el segundo.

Deberemos tomar en consideración no solamente el pasado tal como lo conocemos y no solamente el presente como lo comprendemos, sino también a nosotros mismos en cuanto que somos nosotros los que experimentamos nuestra vida.

Una simple reflexión puede facilitarnos la disposición que necesitamos. Sea lo que sea lo monacal (y hay cantidades de definiciones y de descripciones), podríamos de-cir que presenta una polaridad sintomática. Por un lado, resulta ser algo especial, difícil, extraño, incluso a veces extravagante, con toques de inconformismo social y cultural; pero, por otro lado, es tan humano que ha sido proclamado como la vocación de todo ser humano, como aquello que toda persona habría de ser o que está llamada a ser, de una forma u otra, tarde o temprano. Tomar conciencia de esta polaridad nos pondrá en el buen camino para nuestro cometido [2].



Raimon Panikkar +

Notas

1] Cf. Prov 3,23; 28,18; Sal 23,15-16. Maestro Eckhart comenta este texto en el sermón 15, 2 (n. 162). Es interesante leer la traducción moderna de este haplos, tan central en la espiritualidad patrística y monástica, y a la vez con tanta resonancia en la Escritura cristiana (cf. Mt. 6,22-23; Le 11,34-35, etc. La palabra hebrea tiene otras connotaciones; cf. también el leimotiv de homo viator, o el hombre como ser itinerante). He aquí algunos ejemplos actuales: «Chi va con rettitudine, va sicuro» (Instituto Bíblico); «Chi si conduce con integrità, camina sicuro» (Nardoni); «Qui va franchement va sûrement» (BJ); «Then you will go without a care, and your feet will not stumble» (NEB); «Then shalt thou walk in thy way safely, and thy foot shall not stumble» (AV); «Then shalt thou walk in thy way securely, and thy foot shall not stumble» (RV); «Securely thou shalt walk, with no fear of stumbling» (Knox); «Él que anda en rectitud va seguro» (Nácar-Colunga).

2] Raimon Panikkar, Elogio de la sencillez. El arquetipo universal del monje, Ed. Verbo Divino, Estella (Navarra) 2000-2ª, pp. 13-19.

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