lunes, 2 de julio de 2012

Evangelio y pluralidad cultural


El ideograma japonés correspondiente al término kiku (escuchar) está integrado por tres ideogramas simples, precisamente los de oreja, ojo y corazón. Ello pone de relieve que escuchar no es sólo entender, ni sólo leer. Ser un verdadero lector de un libro auténtico es ser también coautor. A la expresión sánscrita itivuttaka (así se dijo), con la que comienza una colección de textos atribuidos a Buddha, la tradición buddhista japonesa le añade, en japonés antiguo, nyoze gamon (así escuché).

La comprensión de los mensajes religiosos sigue al hecho de escucharlos y de ponerlos en práctica, por lo tanto la comprensión tiene lugar sólo en un segundo o tercer momento. La mayor parte de las veces nuestro contacto con las Escrituras Sagradas cristianas está condicionado por estratos de historia no siempre cristianos, que acaban enterrando su sentido original bajo palabras demasiado habituales, si no reductoras. El Evangelio no es fácil de entender a no ser que se ponga en práctica.

Con pocas excepciones, que siempre han existido en distintos lugares y momentos, la mayor parte de los cristianos ha creído poseer los derechos de autor de los Evangelios, y aún cuando los emplearon en ambientes no cristianos, lo hicieron para evangelizar; lo cual, si no se confunde con adoctrinamiento, es en sí un intento legítimo.

La exégesis cristiana normal de los Evangelios ha consistido, generalmente, en una interpretación de los mismos desde dentro del contexto histórico de la cultura judeo-helénica-romana de la época en la que se escribieron. Para una hermenéutica correcta de un texto se requiere el conocimiento de su contexto y, añado, el conocimiento del pretexto del escritor. Sobre los Evangelios se han escrito miles de libros, hasta el punto en que los orígenes de la hermenéutica moderna se origina precisamente en la interpretación de la Biblia. Se ha ido formando incluso un corpus de interpretaciones de la Escritura, que ha tenido la aprobación eclesial y que constituye la que se ha llamado la tradición cristiana, marco obligado para toda interpretación que quiera ser ortodoxa. Es obvio, el Sola Scriptura, más aún que una herejía típica de un período histórico de individualismo moderno, es una imposibilidad, porque una escritura escrita hace veinte siglos no está sola; estratos de polvo la han ido recubriendo y haces de luz la han iluminado. Además nuestras lentes tienen un espesor de dos mil años.

Durante siglos las distintas ramas de la sabiduría religiosa han vivido en un espléndido y confortable aislamiento. Hoy esto no es posible. Ninguna religión puede ignorar a las que viven a su lado. Nos vemos impelidos unos hacia los otros ¡y toda coexistencia tiene sus problemas!

Cuando, hace casi medio siglo, estaba a punto de comenzar a traducir una parte considerable de la Sagradas Escrituras Hindúes, algunos amigos cristianos me advirtieron que no deberían ser utilizadas para la oración cristiana. Evidentemente se pueden usar salmos e himnos que son de origen no-cristiano o pagano ¡pero, nunca jamás los Vedas! Algunos amigo hindúes, por el otro lado, me hicieron notar que un sacerdote católico romano no podía pretender entender los mantras hindúes y, estrictamente hablando, ni tan siquiera leerlos, so pena de profanarlos. Conocer algo es entrar dentro de ello; para entender una cosa hay que, de alguna manera, ser parte de ella. Sólo así se puede experimentar su verdadera esencia. Es, sin duda, correcto afirmar que sin fe no se puede entender adecuadamente un texto sagrado. Pero no hay que confundir fe y creencia. He introducido la noción de pisteuma en la fenomenología religiosa, en contraposición al noêma de la fenomenología tradicional. Pisteuma (de pistis, fe) es lo que cree el creyente; noêma (de nous, mente) es lo que entiende un observador. La fenomenología religiosa se encarga de describir los que el creyente cree y no lo que el observador observa. Si el observador, desde fuera, se limita a describir lo que observa, es obvio que no describe lo que el creyente cree.

La respuesta que yo daba a mis críticos era que los Vedas pertenecen a la humanidad y que mi hermenéutica (como cualquier traducción) era legítima, a condición de que yo participase de ese espíritu humano que había inspirado la śruti[1], la revelación védica. De manera sorprendente, acabado el trabajo, muchos pandit me reconocieron como un ŗşi reencarnado, uno de los sabios que habían cantado por primera vez los Vedas. ¿Cómo si no, dijeron, hubiera podido escribir lo que había escrito? Digo esto para destacar cual puede ser la reacción de la otra cultura.

Estoy evidentemente de acuerdo con que un texto sagrado debe ser tratado con respeto, que está justificada una cierta disciplina del arcano y que es necesaria una cierta iniciación para aproximarse de manera fructífera a cualquier texto sagrado, lo que lo convierte en un acto litúrgico. La democracia es un buen antídoto para la teocracia, pero tiene un efecto colateral ruinoso si destruye todo sentido jerárquico. No es mi papel en este momento recetar antídotos. Hemos de respetar la tradición; sin embargo las tradiciones vivas no son momias hibernadas. Necesitamos el soplo vital del Espíritu; y no estar apegados a tradiciones sin vida, sólo porque eran consideradas vivas en el pasado. (Cfr. Mt. XV,2 ss; XXIII,25 ss, etc.)

¿Es apropiado explicar los Evangelios fuera de su propio contexto? ¿La propiedad intelectual de los Evangelios no le pertenece, de manera específica, a la tradición cristiana? Surgen aquí dos preguntas. Una filosófica: ¿son los Evangelios sólo narraciones históricas? La otra estrictamente teológica: ¿está el mensaje evangélico estrictamente ligado a los hijos naturales o adoptivos de Israel o de Abraham?

Sin duda alguna los Evangelios pretenden transmitir bastante más que una simple información histórica y mental. Las primeras palabras públicas de Jesús invitan a la metanoia (conversión), a trascender el noũs, a la superación de lo mental, incluso de la estructura mental del tronco abrahámico. Si Pablo recibió la orden de dirigirse a los gentiles ¿fue sólo para adoctrinarlos en las formas culturales hebreas, o más bien para hacer posible la encarnación de la Palabra también en otras culturas? La interpretación espiritual es más que legítima Y cuando digo espiritual me refiero a ese Espíritu que sopla donde, cuando y como quiere.

El desafío al que he hecho referencia al inicio debe aplicarse también a la nueva situación de nuestro tercer milenio. Debemos conocer los signos de los tiempos. Permítaseme formular esta pregunta concreta: ¿Los Evangelios se refieren sólo a la figura histórica de un hombre llamado Jesús, o por contrario hablan desde el principio del Cristo Jesús, que el Arcángel Gabriel describió como Hijo del Altísimo y que a los pastores les fue anunciado como Salvador, Ungido y Señor? Ciertamente el Cristo resucitado era el Jesús histórico, pero el argumento de los Evangelios no es la historia de aquel que era considerado hijo de José, sino su prehistoria y la narración del Hijo de Dios que camina como verdadero hombre en una tierra concreta y en un tiempo determinado. La tendencia moderna hacia el Jesús histórico ha traído a primer plano características interesantes de aquel paisano hebreo y taumaturgo mediterráneo; pero también ha distraído, especialmente a los exegetas y estudiosos, de lo que es el corazón de los Evangelios. Alejandro el Grande, Gengis Khan y Napoleón cambiaron igualmente el curso de la historia y, como dijeron los historiadores contemporáneos, la faz de la tierra. ¿De qué tierra? ¿Son los Evangelios sólo libros históricos?

En otras palabras, por razones históricas, y otros motivos que la sociología del conocimiento nos ayuda a descubrir, la visión del mundo de los primeros siglos cristianos se basaba en una noción geográfica e histórica muy reducida de la oìkoumenê[2]: hoy día nadie se atrevería a sostener que los seis días de Moisés eran de veinticuatro horas o que la tierra de los Evangelios incluía también la Patagonia. Y sin embargo, este síndrome de un solo mundo que equivalía a nuestro mundo, se ha mantenido hasta nuestros días. Durante los primeros siglos cristianos se pensaba que el Imperio romano fuese la totalidad del mundo civilizado; la fórmula urbi et orbe, que más tarde se convirtió en la fórmula usada por el Romano Pontífice, era una expresión latina habitual que reflejaba la mentalidad imperial: Orbis in urbe iacet (el mundo entero yace en la ciudad de Roma), y podría multiplicar los ejemplos hasta Copérnico y la moderna ideología global[3]. Lo que sucede para el espacio, sucede de la misma manera con el tiempo, aunque no sea ahora el momento de hacer disquisiciones sobre el tiempo de las expectativas escatológicas o de la resurrección. Que la revelación se acabe con el último de los Apóstoles ha sido una creencia teológica cristiana, sin duda útil, naturalmente, para considerar al Islam como una herejía y a los Bahâ’i equivocados. Pero razonando así nos quedaríamos encerrados en la cultura del tronco abrahámico. ¿Cómo podemos justificar nuestras extrapolaciones? ¿Es el tiempo escatológico el fin de una temporalidad lineal?

No hay duda de que las Sagradas Escrituras cristianas pertenecen al tronco cultural abrahámico injertado en la cultura helénica. Hay que decir que esta inculturación o mutua fecundación entre las culturas hebrea y helenística es un fenómeno precristiano como atestigua la extraordinaria actividad intercultural de los autores de la traducción de la Biblia llamada de los Setenta en la Alejandría del III siglo antes de Cristo, que hallaron su culminación en Filón, más o menos contemporáneo de Cristo. Lo que Filón hizo con el judaísmo se convirtió en modelo para los Padres de la Iglesia de los primeros siglos. Sin embargo parece que ese movimiento creativo se paró allí, al margen de algunos cambios accidentales introducidos por la cultura europea posterior. Recuerdo estos hechos porque desde hace más de medio milenio parece precisamente que la escucha del Evangelio deba reducirse a escuchar los ecos del pasado.

Es un hecho que fuera del área helénico-semita, la Biblia hebrea suena exótica, extraña y a veces incomprensible, por no decir escandalosa. Los Evangelios griegos en su sencillez congenian mejor con las otras culturas, pero la teología subsiguiente, construida sobre ellos, es ininteligible fuera de los esquemas mediterráneos de inteligibilidad. ¿Los otros pueblos del mundo tienen quizás que sufrir una circuncisión de la mente después de que la circuncisión del cuerpo fuera abolida por el I Concilio de Jerusalén? Creo en aquel sacramento primordial de JHVH con su pueblo, pero tampoco aquí podemos hacer extrapolaciones. El judaísmo se mantiene en pie por sí mismo, y no tiene necesidad de la protección y menos aún de ser absorbido por parte de una religión nueva que la Sinagoga rechazó. Pero este no es el lugar para hablar de pluralismo.

Mi cuestión no es si los cristianos deben plantar por todas partes las semillas del Evangelio, aunque me surja la sospecha de que para algunos inculturación no significa plantar semillas (símbolos) sino hacer crecer plantas (sistemas conceptuales). No hay que asombrarse de que esas semillas (semina Verbi) produzcan pocos frutos, no porque la tierra no sea buena, sino porque el subsuelo es distinto. No todas las plantas pueden crecer en el mismo suelo y bajo el mismo clima. Hablo en cambio de interculturación, es decir de fecundación mutua. Mi cuestión es si las Sagradas Escrituras cristianas tienen algo que decir, en cuanto Escritura religiosa, a pueblos que no son ni hijos de Abraham ni nietos de las culturas europeas. ¿Hemos de leer los Evangelios como documentos culturales interesantes o como mensajes religiosos (espirituales)?

Mi cuestión se refiere a la identidad cristiana. ¿Quieren los cristianos mantener su propia identidad salvaguardando las diferencias (aplicando el principio de no-contradicción)? ¿O por el contrario subrayando la auto-comprensión (aplicando el principio de identidad)?

Ambas respuestas son sensatas y legítimas. Para dar una respuesta desde el lado cristiano, he invocado durante decenios un II Concilio de Jerusalén desde el momento en que yo no puedo arrogarme autoridad alguna para decidir el destino de la Iglesia cristiana. Ésta se encuentra frente a una encrucijada: Debe decidir si la comunidad cristiana es el resto de Israel, la pequeña grey; o por el contrario si tiene el coraje de seguir el ejemplo del I Concilio que rompió con el judaísmo y abolió el pacto fundacional de JHVH con su pueblo (la circuncisión), dejando espacio libre al Cristo kenótico, símbolo universal de resurrección, liberación, realización, salvación, plenitud, destino de toda la realidad. He aquí un simbolismo cristiano muy tradicional: Como María la Madre de Dios (theotokos) dio a luz a Jesús y Jesús vivió después su vida de adulto, de la misma manera la Iglesia del tercer milenio, cual icono de María, pare al Cristo que se encarna en los hijos del hombre, en un modo que no nos corresponde a nosotros ni determinar ni prever. Podría insinuar de pasada que si una iglesia adulta hubiese cortado el cordón umbilical con el judaísmo y hubiese reconocido el valor independiente de la Biblia, sin pretender poseer una interpretación más autorizada que la judía, las oleadas antisemitas, quizás, no habrían surgido jamás, o por lo menos tan violentas.



Uno de mis críticos me escribió una vez que en lugar de cristianizar el hinduismo, que era lo que debía de haber hecho, estaba hinduizando el cristianismo, lo cual era una herejía. Le contesté amablemente que el cristianismo estaba vivo gracias a las simbiosis realizadas con Grecia, Roma, Europa, la modernidad, etcétera. ¿Por qué tendríamos que parar el viento, mejor, la brisa del Espíritu? Un espíritu que hace nuevas todas las cosas y que barrió hace miles de años el sueño de una sola lengua universal, como nos cuenta el episodio de la torre de Babel recogido en el Génesis.

El etnocentrismo hebreo es perfectamente comprensible. JHVH es el Dios de un pueblo, su pueblo que él ha defendido contra sus enemigos. Aún más, se comprende la trágica grandeza de un pueblo que vive en la diáspora, sin armas y con frecuencia sin poder rodeado por gentiles no siempre demasiado gentiles. Su única esperanza era la protección de su Dios.

La tensión se percibe desde el principio. La Biblia, como libro religioso, pertenece indudablemente a las tribus de Israel pero las escrituras sagradas cristianas no pertenecen a ningún pueblo en particular, ni tan siquiera como libro religioso. El cristianismo no es una religión étnica y este es el punto. No era obvio al principio. ¿Qué derecho tenemos a pensar que el mensaje de aquel hebreo debía trascender de los confines de Judea y Galilea? ¿No se hizo acaso discípulo de Juan el Bautista para recorrer el sendero de la conversión del corazón? Insisto: del corazón. ¿No fue quizás también él un joven rabino que pensaba haber sido mandado solamente para el pueblo de Israel, por lo que fue necesario el amor de una madre por su hija[4] para romper aquella ortodoxia? ¿No creció también él en sabiduría (Lc II, 51)? ¿No fue repudiado por su propio pueblo y crucificado fuera de la Ciudad Santa, como ponen de relieve, y no por azar, los cristianos de la primera generación? Y, sobre todo, ¿no resucitó al tercer día, como símbolo universal? Sin embargo, en Cristo no hay ni judío, ni griego, ni esclavo, ni libre, ni tampoco varón o mujer (Gal III, 28); los Evangelios no son la historia de Jesús, el hebreo, son, por el contrario, narraciones de Jesús el Cristo, el Resucitado.

El cristianismo no es una religión del Libro, sino de la Palabra. La palabra necesita ser escuchada. Hay una cierta ironía en el hecho de que la divina Providencia haya dispuesto que nosotros, de hecho, no conozcamos una sola frase de Jesús. Tomás de Aquino sostiene, magníficamente, que fue conveniente que Jesús no escribiera nada, de lo contrario su mensaje viviente se habría convertido en mera doctrina (Summa Teologica III, q. 42. u. 4).

Vuelvo a lo dicho al principio. Es comprensible que aquellos que se sienten revestidos de la responsabilidad de custodiar la pureza de la doctrina no se dejen convencer fácilmente de las buenas intenciones de los teólogos que van más allá de las fronteras establecidas. Es una situación análoga de la mujer siro-fenicia: las disquisiciones en las que falta el amor crean confusión, si no daño. Quiero decir que no debemos aproximarnos al problema con actitud dialéctica, es decir puramente doctrinal. Las palabras de vida eterna se le conceden gratuitamente a los que tienen sed verdadera. Para los doctos y los ricos es más difícil. Nosotros no podemos ni reducir el cristianismo a una doctrina, ni eliminar de las Sagradas Escrituras su contenido místico, sin por ello prescindir de la doctrina misma. El único mensaje del Cristo Resucitado fue darnos paz y liberarnos del miedo.

Por decirlo de una forma más académica: estamos asistiendo a la crisis del mito que domina a occidente, o sea que una sola cultura sea suficiente para abarcar la entera gama de la experiencia humana. Sobre la base de ese mito reyes, emperadores, papas, presidentes, gobiernos y ejércitos, de buena fe, han abrazado el proyecto de unificación política, religiosa o económica del mundo. El nombre del proyecto fue colonialismo; ahora toma otros nombres: globalización, éticas globales, ciencia universal y cosas por el estilo. Ahora el mito está en crisis, si no a punto de derribarse. Lo católico no es lo universal, ni doctrinal, ni geográfico, ni histórico: es la plenitud a la que está llamado todo ser (Jn I,16).


[1] Śruti: Audición; los textos sagrados eternos de la revelación védica, sin comienzo en el tiempo, compilados por los antiguos ŗşis, quienes los habrían “oído” [N.T.]
[2] La tierra habitada, el mundo conocido y, por tanto, el universo [NT]
[3] No puedo resistir la tentación de citar a Ovidio en su original latino (aunque en moderno norteamericano sonaría más familiar):
Gentibus est aliis tellus data limite certo
Romanae spatium est urbis et orbis idem (Fasti III, 683/684)
[A los otros pueblos la tierra les es dada con fronteras fijas, para los romanos el espacio de la urbe y del mundo es la misma cosa]
[4] Una mujer cananea[siro-fenicia] de aquellos contornos comenzó a gritar, diciendo: “Ten piedad de mí, Señor, Hijo de David; mi hija es malamente atormentada por el demonio” [...] Jesús respondió y dijo: “No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel”. Mas ella, acercándose, se postró ante él, diciendo: “¡Señor, socórreme!". Contestó él y dijo: “No es bueno tomar el pan de los hijos y arrojarlo, a los perrillos.” Mas ella dijo: “Cierto, Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores”. Entonces Jesús le dijo: “¡Oh mujer, grande es tu fe! Hágase contigo como tú quieres”. Y desde aquella hora quedó curada su hija. (Mt XV, 22 ss.)


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