martes, 3 de julio de 2012

La Mística

La mística: Si el primer centro engloba lo moral, el segundo lo psicológico y el tercero lo óntico, debemos hablar ahora de lo místico. Hay que ser prudente con el término «misticismo», ya que existe el peligro, como en un juego de palabras inglés, de que comience con mist (niebla) y termine con schism (escisión). Las cosas más sublimes y refinadas del mundo son aquellas que pueden corromperse más fácilmente. El auténtico misticismo, en cambio, pertenece a la armonía del no-saber, a la paz interior y a aquella permanente alegría que tan fácilmente puede convertirse en cinismo, indiferencia o inhumanidad.

¿Qué significa la palabra «mística»? Podemos utilizar la analogía del «tercer ojo». En la tradición griega se afirma, desde Platón, que la realidad puede conocerse a partir de lo empírico, es decir, a través de los cinco sentidos: vista, tacto, gusto, olfato y oído. La aisthesis —es decir, la percepción sensible— es una característica humana indispensable para toda práctica espiritual. Prescindir de ella puede traer graves consecuencias. La sensibilidad no es solamente humana, sino una parte constitutiva de la realidad. En ella reside la belleza. Kosmos significa al mismo tiempo ornamento y mundo. Según la tradición grecoortodoxa del cristianismo, especialmente vinculada a aquella filosofía precristiana, el primer atributo de Dios es la belleza. Si alguien pierde la capacidad sensorial, está perdido.

Pero la sensibilidad ha de estar compenetrada —no sólo complementada—con el intelecto, con el nous, con lo espiritual, con el pensamiento, con nuestra consciencia intelectual. Cuando se da esta compenetración, podemos desarrollar nuestra sensibilidad, nuestra voluntad y nuestro pensamiento. El hombre es un ser simiente, pero también un ser racional. No podemos menospreciar la dimensión intelectual de la persona; la razón tiene sus derechos, discutirlos sería suicida.

No obstante, algunas culturas han reducido la imagen del hombre y el concepto de realidad a dos dimensiones. Este es el peligro inherente a toda civilización tecnocrática. Gente de todas las épocas, incluso de aquellas culturas con un modelo de pensamiento dual, nos recuerdan la existencia de un tercer ojo que nos abre a una tercera dimensión de la realidad. Siguiendo a Platón, podríamos llamar a la primera dimensión ta aistheta; a la segunda, ta noeta. y a. La tercera, ta mystika: lo místico. Tenemos un tercer «órgano», que, al igual que los demás, nos conecta con la realidad. La dimensión material y espaciotemporal de la realidad corresponde a los sentidos. La dimensión intelectual de la realidad, tan real como la física, corresponde al intelecto, al nous. Al decir, por ejemplo, «justicia» o «verdad» expresamos también una fuerza física, ligada a los sentidos, que crea la realidad. Pero existe también esta tercera y complementaria posibilidad de percepción de una dimensión de la realidad, de otro modo invisible. Es lo místico, lo indecible, lo inefable, aquello que, si necesitamos denominarlo de algún modo, llamamos «nada» o «la nada».

La relación de esta tercera dimensión con la segunda es análoga a la relación entre ésta y la primera. El hombre no puede tener una percepción sensible que no esté de algún modo relacionada con lo intelectual o la consciencia. De la misma manera no se puede tener ninguna percepción intelectual sin que al mismo tiempo se haga presente la tercera dimensión, haciéndonos sentir que en la dimensión intelectual «hay más» de lo que nuestra razón puede captar. Con el intelecto, el ser humano intuye que la realidad, en todas “sus formas, tiene una profundidad insondable. De la misma manera advierte que esta realidad podría ser distinta. Infinitud y libertad son dos experiencias humanas primordiales que presuponen la razón, pero que al mismo tiempo la trascienden.

Nuestros tres «órganos», puertas de percepción de la realidad, están indivisiblemente unidos. Cuando pienso, mi cerebro está implicado. Cuando siento, está implicada mi conciencia intelectual. También el tercer ojo está siempre presente. La realidad no se deja reducir a dos dimensiones. La función del tercer órgano es profundizar en los otros dos; penetrable. La mística se ha desprestigiado, y con razón, cuando se ha querido hacer de ella una especialidad separada de las demás dimensiones de la vida.

“Debemos intentar capturar la belleza de lo que nos rodea sin esperar nada de ella. Observar una cara bella sin intentar poseerla. Estar alegre por la simple contemplación de la belleza”.



Raimon Panikkar (+)
Invitación a la sabiduría

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