jueves, 9 de agosto de 2012

El Conflicto de Eclesiologías: Hacia un concilio de Jerusalem II


El Espíritu hace todas las cosas nuevas: renueva la faz de la tierra. Y la iglesia no está excluida de esta renovación constante. La iglesia de ayer ya no sirve para hoy, y menos para mañana. La tradición se vive transmitiéndola, y se transmite transformándola, siguiendo el soplo del Espíritu.

La iglesia será como los cristianos la hagan. Y ellos intentarán hacerla según lo que crean que debe ser. Pero hay muchas creencias sobre la misma iglesia, dentro de la misma fe. El conflicto es connatural al hombre y a la iglesia. No es la unidad ni la uniformidad el ideal, sino la armonía y la polaridad. La iglesia debería ser el ágora del diálogo, el lugar de reconciliación y el sitio natural para la "coincidentia oppositorum ".

Hay muchas nociones y muchos modelos de iglesia. La metáfora central es la de ser un cuerpo místico o místrico, cósmico o sociológico, histórico o actual, etc. Acaso diversas opiniones converjan en decir que es la comunidad litúrgica, entendiendo por liturgia la obra del pueblo para construir en tarea cosmoteándrica una realidad más bella, justa, mejor, en donde naturalmente hay lugar para las más diversas interpretaciones.

Nuestra acción para colaborar a la construcción de la iglesia viene determinada por los parámetros culturales y personales. De ahí el necesario pluralismo tanto en el orden de las ideas como en el de la praxis.

Sólo un Concilio Universal, que no debería ser exclusivamente cristiano ni solamente humano, sino incluir a toda la tierra, podría hacer converger pacíficamente los esfuerzos humanos hacia lo que los Evangelios llaman el Reino de los cielos y su justicia. La situación tanto humana como del planeta exige una iniciativa de esta envergadura.

Esta ágora no puede ser una torre de Babel para la unificación de la humanidad. De ahí que necesite un punto transcendente tanto objetivo (lo Divino en cualquiera de sus nombres) como subjetivo (la fe como la realidad transcendental Que se articula en las más variarlas creencias. La agenda no puede ser elaborada a priori ni por una sola de las partes. Es el diálogo dialogal en acto y siempre actualizándose. Los grandes problemas de la humanidad (hambre, guerra, injusticia, orden económico, ciencia, tecnología) son en el fondo cuestiones humanas últimas de vida o muerte, y por ende religiosas.

Las iglesias cristianas en general y la romana en particular no pueden desentenderse de esta obligación de esa humanidad. Concentrándonos en ello nos situaremos en la perspectiva adecuada para resolver conflictos menores que, no por ser menos importantes, son menos urgentes.

Con mayor confianza en nosotros mismos, que también somos iglesia, con una mayor serenidad para abordar problemas perennes de la historia, con mayor conocimiento teológico para no dejarnos dominar, y con una fe más pujante, se vislumbran horizontes nuevos, acercarse a los cuales constituye no sólo una tarea humana imprescindible, sino una fuente de creatividad y de alegría.

Este lema no es un lujo para adornar un discurso. Quisiera ser el símbolo de todo lo que voy a decir. Y no puede ser más tradicional'.

Los cristianos luchan por la libertad de religión y de expresión hasta que no llegan al poder. Así que se conquista el poder las cosas cambian. Los teólogos especulan sobre la novedad cristiana con respecto a todas las religiones. Así que colocan a Cristo en el poder parece que todo se acabe y que la tarea teológica sólo consista en repetir e imitar. Una buena parte de la teología se ha reducido a arqueología, a investigar los inicios y a sacar deducciones más o menos lógicas como si la vida fuese deducción y no novedad e incluso sorpresa.

El ejemplo de la creación es significativo. Los teólogos actuales, influenciados por la ciencia moderna, la suelen entender como un acto del pasado, más o menos en oposición o armonía con el big bang de los científicos, olvidando la noción de creatio continua desde orígenes (De princispis, 1, 4, 5) hasta la escolástica. Tenemos muy a menudo una teología mercenaria, parafraseando una parábola del Evangelio. La teología no es pura exégesis, sino inteligencia práctica de la fe. El cristianismo no es una religión del libro, sino de la Palabra, de la Palabra viva, del logos encarnado que tuvo la ironía de no dejarnos apenas rastro de sus locuciones para que no cayéramos en la tentación de identificarlo con las frases más o menos brillantes que hubiera podido decir.

1 Cf. Matth. IX, 17 XIII, 52; Io. III, 5; II Ptr. III, 13; Apoc. XXI, 5. Cf. Gal VI, 15; etiam Mc.1, 27; Lc. XXII, 20; lo. XIII, 34; Eph. II, 15; Apoc. II, 17; y paralelos.

Se me ha pedido que hable sobre lo que debe ser la iglesia del siglo XXI.

No puedo responder a la cuestión, primero, porque no me siento investido de autoridad para ello. Si he criticado una reflexión teológica dirigida exclusivamente al pasado, "a fortiori" critico una teología futurista. "A cada día le basta su afán". También a la teología.

Segundo, por una razón filosófica: no creo en la dicotomía entre debe-ser y el ser. Si el Ser es verbo, a saber, acto, y el Ser es lo que es ¿de dónde le vendría el deber-ser al Ser? ¿Qué es esto anterior al Ser que le dicte al Ser lo que debe ser? ¿No sería entonces este deber-ser el verdadero Ser? Pero comprendo muy bien que éste no era el sentido de la pregunta que se me ha hecho.

El sentido de la cuestión emerge del interrogante doloroso que muchos nos planteamos acerca del destino de la iglesia.

Me limitaré a tres puntos, que dividiré a su vez trinitariamente.

I. EL DESTINO DE LA IGLESIA:

1. La iglesia será como los cristianos la hagan

Pocas cosas hay tan pesadas como la inercia de la mente: con otras palabras, como el materialismo dialéctico. Y ahora que el comportamiento de la materia vista por la ciencia está recuperando sus grados de libertad, parece que el comportamiento del espíritu esté aun atenazado por leyes lógicas, aunque sean estadísticas sociológicas. El futuro real no es la conclusión de un silogismo cuyas premisas están en el pasado por fuerte que sea el peso de la historia. "Pero confiad, yo he vencido al mundo" (lo. XVI, 33). Empezaré diciendo que la iglesia de ayer ya no sirve para hoy, ni mucho menos para la de mañana. Pero debo añadir igualmente, que la iglesia de mañana no sirve de consolación para la iglesia de hoy. "Hoy, estarás conmigo en el paraíso" (Lc. XXIII, 43).

Sabemos bien que la iglesia no son las piedras, pero parece que aún pensemos que sí lo son las instituciones o, peor aun, los conceptos. San Pedro, al igual que una parábola buddhista, habla de piedras vivas (I Petr. II, 4-5). Y la vida es constante novedad.

Lo peor de los intereses creados no es que sean malos por ser intereses, sino porque ya no permiten albergar otros nuevos. Los pobres de espíritu son aquellos que no poseen intereses creados.

Cuando la tradición se convierte en un peso, deja de ser tradición, esto es, algo que por ser ligero se pasa y comunica, y comunicándolo se transforma.

"Allí donde estuviera Cristo Jesús, allí hay Iglesia Católica"
Ignacio de Antioquía
Epistula ad Smyrnaeos, VIII, 1 (P.G. 5, 713)

Entonces cesa de ser tradición para convertirse en traición: deja de ser una traditio, que siempre es una traductio, y convierte a quienes "atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los otros" (Matth. XXIII, 4) en traditores. Si la tradición no se expande, como el perfume de la Magdalena, se convierte en una traición, como el escándalo de judas (lo. XII, 4). La tradición está ahí para ser tradita, esto es, pasada de mano en mano, transgredida si es vista desde el pasado, superada, si desde el futuro. Esto no significa que no puede haber traiciones abandonando completamente la tradición.

La iglesia del siglo X1a está por hacer. Y esta evidencia de hecho es la verdad eclesiológica más importante de derecho. No es la fuerza de la inercia la que dice la iglesia, sino el Espíritu Santo, que hace precisamente nuevas todas las cosas. Y no se puede excluir de esto precisamente la iglesia.

Estoy diciendo que esta iglesia está en nuestras manos. Y hablo en plural sin excluir ni al Pontífice Supremo, ni a la viejecita del gazofilacio (Mc. XII, 43). Y aquí empieza la dificultad. "Dios dejó el mundo a las disputas de los hombres" (Eccles. III, 11). 0 como comentan los musulmanes: el mundo es de Dios, pero lo tiene alquilado a los más valientes.

Con ello he indicado ya mis otros puntos:



2.- Haremos la iglesia según creamos lo que ella sea

Si la iglesia no es también una creación nuestra, nunca será nuestra y estaremos en ella siempre como mercenarios, que traducido significa como unos burócratas. ¿No dijo Pablo que somos synergoi, cocreadores? (I Cor. III, 9; Col. IV, 11).

Cuanto más espontánea sea la creación, cuanto más libremente la dejemos salir del soplo del Espíritu, no poniéndole obstáculos, tanto más será de Cristo, y por tanto, tanto más reflejará su verdadera faz y también su vínculo con el pasado.

¿No habla todo el Evangelio y repiten todos los Apóstoles que somos hijos de Dios, que nos pertenece la herencia por derecho propio, puesto que todo lo del Padre es nuestro?

Si creemos que la iglesia es una multinacional - y tenemos suerte - contribuiremos a la creación de la multinacional espiritual del siglo. Dinero para ello no faltará.

Si creemos que es el Pueblo de Dios, hacia ello dirigiremos nuestros esfuerzos.

Si creemos en una iglesia clerical intentaremos reformar las estructuras presentes con clérigos de todos los sexos y más serviciales.

Si creemos que la iglesia es la local nos encaminaremos hacia su realización, etc.

Pero resulta que acaso ni nosotros mismos tengamos convicciones demasiado precisas, y, sobre todo, que dentro de una misma comunidad hay lugar para creencias muy dispares.

La fe no es la creencia. La fe es una dimensión constitutiva del hombre que le hace consciente que su ser no está acabado, sino que es in-finito, que está abierto. Abertura que podemos llamar transcendencia. Esta fe se articula en muchas

creencias, e incluso en una variedad de religiones. Pero éste no es nuestro tema.

Dentro de la iglesia católica la misma fe es polisémica. Y aquí se presenta

la dificultad.

¿Quién crea la iglesia del siglo XXI? ¿Nosotros, vosotros, o ellos? He aquí el problema.

3. Haremos la iglesia según el empuje de nuestra fe

Se ha dicho que cada pueblo tiene el gobierno que se merece. Yo no seria tan tajante, pero sí diría que tiene el gobierno que tolera. Algo semejante puede decirse de la iglesia.

Ya Clemente de Alejandría definía la fe como la audacia de la vida. Y todos los sociólogos nos dirán que la materia prima de cualquier sociedad es la misma sociedad. Habría que preguntarse si los católicos españoles son como son, porque son católicos o porque son españoles. Hay católicos indios cuyo catolicismo, y no sólo su color de piel, es distinto del español.

Si la iglesia de mañana está por hacer y se hará según los hombres la hagan, cabe preguntar por los hombres que cargan sobre sí la cruz y la alegría de hacerla. Si dejamos la política en manos de los burócratas políticos, ¿por qué nos lamentamos luego? Si dejamos la iglesia en manos de unos cuantos, ¿por qué no nos consolamos luego con sólo el derecho de murmurar?

Excusarse con que no nos dejan, es una excusa de adolescente. Y aun éstos han aprendido ya a hacer cosas que los padres no les permiten.

De ahí que la iglesia no sólo dependa de la idea que tengamos de ella, esto es, de la teoría sino también de la praxis.

Generalmente la teoría académica se reduce a la teoría. La praxis se ha divorciado de la teología. Añadiré más adelante que el crisol de la reflexión y de la praxis teológica es la liturgia.

No voy a extenderme. Libros andan ya por ahí que critican el infantilismo clerical, el "pasotismo" de muchos seglares y el cinismo de no pocos pastores. La iglesia no es una entelequia, sino una realidad humana, y como tal, llena de toda la carga de humanidad como cualquier otra institución.

Debemos comprender el desánimo de muchos cristianos, como debemos comprender aun más el desánimo de los kurdos, la desesperación de los birmanos, el terror de los quechuas, el dolor de los gitanos, la furia de los nagas y la indignación de los palestinos. No estamos en situación peor (lo. XVI, 33). ¿No nos enseñó Jesús con su ejemplo que cuando una ley es injusta o sofoca la creatividad humana, la libertad o incluso el sentido común, debe simplemente ignorarse? El sábado está hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado (Mc. II, 27). Y lo pagó con su vida. Si la iglesia es un club de recreo, no vale la pena tomarse tanta molestia ni correr tanto riesgo. Intelligenti pauca.

1. El conflicto es connatural al hombre y a la iglesia

No se me ha pedido mi eclesiología personal, sino mi opinión sobre aquella que "debería ser" la iglesia del milenio venidero. De ahí que he insistido que el destino de la iglesia está en manos de todos. Yo defenderé mis opiniones, pero antes debo tener muy claro que su valor depende también de que yo sepa conjugarlas, con mayor o menor armonía y elegancia con otras concepciones de la iglesia. Si me parece mal la eclesiología monolítica dominante, no estoy muy cierto que a otros mi noción de iglesia, para mi abierta y convincente, no les parezca peligrosa y hasta falsa. Empezando con una descripción fenomenológica de lo que para mí es, o debería ser, la iglesia, diría que es precisamente el ágora en donde las opiniones más dispares puedan ventilarse pacíficamente. Las naciones hacen guerra cuando las discrepancias llegan a un límite y también, aunque de otra manera, las compañías comerciales. La iglesia debería ser el ágora de la paz. ¿No pretende ofrecer ella un punto de referencia transcendente y que, por lo tanto, podría en principio ser el punto neutral en donde las opiniones más enconadas pudieran precisamente empezar a dialogar? Si para mí la iglesia es el lugar natural del diálogo ¿no es una irónica aberración que no sepamos antes poner nuestra casa en orden? "medice cura teipsum" (Luc. IV, 23).

El conflicto de eclesiologías no es de hoy ni de ayer. Se encuentra no sólo latente sino bien patente ya en los apóstoles; y a ello se refiere el mismo Concilio de Jerusalén I, sobre el que me gustaría modelar el Jerusalén II dentro de breves momentos (Act. XV, 1 sq.).

Diría por tanto, siguiendo la más rancia tradición, que este conflicto es inherente tanto a la naturaleza humana como a la misma constitución de la iglesia (lo. XXI, 18). No es la univocidad ni la unanimidad el ideal humano, sino la diversidad y la armonía. La realidad es polar y la Trinidad es su máximo exponente. Lo que debemos aprender es a no dejar que la polaridad degenere en tensión, y peor todavía, que explote en guerra o en dominio despótico de un polo sobre el otro.

Uno de los puntos débiles de la modernidad, y que ahora pagamos fuertemente, es su incapacidad de afrontar la diversidad radical, esto es, la incertidumbre y la inseguridad. Descartes estaba obsesionado por la certeza y ha contagiado su temor a toda la sociedad moderna, que lo ha traducido en la paranoia de la seguridad. Pero ni la razón parece ya capaz de ofrecernos certeza ni los cañones o el dinero seguridad. Uno de los impactos más aberrantes de la modernidad dentro de la iglesia es la obsesión por la infalibilidad. Y cualquier psicólogo sabe que el temor a equivocarse puede ser mas insidioso que la misma equivocación.

2. El centro de la iglesia es la liturgia

Podría resumir las distintas concepciones de la iglesia diciendo que la metáfora más central de la eclesiología es la del cuerpo: un cuerpo místico y sociológico, tanto cósmico y mistérico como histórico y actual. Unas épocas han acentuado más un aspecto que otro y tenemos eclesiologías para todos los gustos. Las concepciones no son siempre mutuamente compatibles. De ahí la necesidad del diálogo dialogal y de la aceptación del pluralismo.

Dejando estos puntos sin desarrollar presento ahora el esquema de mi noción de iglesia para no quedarme en tierra de nadie:

La iglesia es la comunidad litúrgica. Esta corta definición necesitaría una explicación prolija. Me limitaré a explicar el sentido que doy a las palabras:

Liturgia es la acción cosmoteándrica de un pueblo, es decir, aquella acción, o mejor dicho, acciones y actos, por los cuales un pueblo vive su vida construyendo su mundo que lo quiere mejor, más bello y sobre todo más justo.

Al llamar a esta acción cosmoteándrica me refiero a que en ella lo Divino, el Mundo y el Hombre son los tres factores indispensables para la sinergia, la cooperación a la construcción de esta realidad que al hombre incumbe, por lo menos configurar. Toda acción humana integral es una acción litúrgica en la que intervienen lo Divino, lo Humano y lo Material.

Si no hay pueblo no hay liturgia, leit-ourgia: la obra, el ergon del laos, del pueblo (la orgía era el culto secreto, que luego degeneró en "orgía"; orgiazo significaba celebrar los misterios). Muchas asambleas de tribus africanas para dilucidar y decidir la vida de la comunidad son litúrgicas; un verdadero parlamento puede ser una liturgia; lo que hacen algunos magnates en Bruselas acaso no lo sea. Ecclesia es la convocación del pueblo a re-unirse. Lex orandi lex credendi, cuando orar es algo más que pedigüeñar y creer algo más que elucubrar. "Si entendemos lo que es la oración -dijo ya Orígenes- acaso no debiéramos orar a nadie nacido (de mujer), ni siquiera al mismo Cristo, sino sólo al Dios y Padre de Todo" (De oratione XV, 1).

Liturgia cristiana es aquella en la que tales acciones están presididas por Jesucristo. Esta presidencia implica su presencia. Esta presencia es la eucaristía. La eucaristía implica la fe. Esta fe es la creencia en su presencia. Y con ello hemos cerrado el círculo, no vicioso sino vital de la liturgia. Algunas comunidades de base lo han redescubierto.

He dicho que la iglesia es la comunidad humana en acción, en la acción de mantener el cielo y la tierra unidos, el lokasamgraha de la Bhagavadgita (III, 20), o bien de construir el reino de Dios, su justicia, (Matth. VI, 33), en términos cristianos. Esta experiencia de la vida comunitaria se vive en el presente, pero recuerda el pasado y está integrada en la historia, esto es, mira también al futuro. Abraza los tres tiempos y no separa el tiempo de la llamada eternidad.

Lo que no he dicho es que esta iglesia sea monopolio exclusivo de los cristianos, aunque en este discurso me ciña a lo cristiano.

Nos utique sumus Ecclesia.
Pedro Damiano, In dedicatione Ecclesiase.
Sermo 72 (P. L. 144, 909)1



3. Esta acción se lleva a cabo según nuestras creencias encarnadas en los parámetros de nuestra cultura y personalidad.

Para no permanecer en las alturas, puesto que no se trata tanto de desarrollar ahora una concepción de iglesia, como el ver cómo podemos salir de la situación actual, voy a ser concreto y personal.

Dijo en Madrid, hace muy poco Leonardo Boff, al explicar que había dejado el sacerdocio: "Yo creo que en la etapa actual, bajo el actual pontificado, el sacerdote ha sido reducido a un burócrata de lo sagrado". (Exodo, 19, mayo/junio 1993).

Yo diría mucho más: ha sido reducido a un burócrata de una organización. Pero mis parámetros son muy distintos, ontológicos y psicológicos, cosa que no disminuye mi simpatía ni mi solidaridad con Leonardo.

Yo fui ordenado sacerdote según el orden de Melquisedec, que no era ni judío, ni circunciso, ni creía en Yahvé (Gen. XIV, 18-20) y se me ordenó con referencia a Abel, que es el símbolo del primer hombre, digamos normal. Aunque no niego mi vinculación con Abraham, ni menos con Cristo, nunca se me ocurrió pensar que recibía una iniciación para algo menos que tener una función en el cuerpo místico de toda la realidad. Se entra por una puerta, la latinaromana, en este caso, pero no para quedarse en el dintel toda la vida. Quiero decir, que el sacerdocio no es algo que esté "bajo el pontificado" de nadie, sin que esto quite el sentido de jerarquía de la realidad entera. Los sacerdotes egipcios lo eran tanto como los mediadores de las religiones africanas y como los purohitas hindúes, aunque luego en las religiones reformadas como el buddhismo, el cristianismo y el islam se tienda a suprimir el mediador, porque con el pasar de los siglos éste se ha convertido en un intermediario, y en el cristianismo, por ejemplo, sólo se reconoce el sacerdocio de Cristo, que no es precisamente el de Aarón, sino el de Melchisedec (Hebr. V, 10, etc.).

Aquí hay un dilema eclesiológico sobre el que apenas se ha reflexionado. O bien la iglesia cristiana desmantela todo sacerdocio porque Cristo los elimina o subsume, y por ende todas las demás religiones quedan relegadas a meras antesalas del cristianismo, o bien se reconoce el valor del sacerdocio como ha existido desde sus inicios, y se restablece el sacerdocio cristiano dentro de esta linea. Si el San Pablo de la Epístola a los Hebreos hablando a los judíos romanos, hace de Cristo un sacerdote (aunque no lo pudiera ser para los judíos) ¿no podría hacerse de Cristo un sacerdote según los hindúes, o según Melchisedec que viene a ser lo mismo? (Hebr. V, 1 sq.).

El monje en cuanto monje no es ni cristiano ni buddhista ni hindú. El monacato es una categoría religiosa previa a la diferenciación en religiones. Algo análogo sucedería con el sacerdocio. Habría una interpretación cristiana de la función sacerdotal, pero el sacerdocio no sería necesariamente cristiano. Si Cristo ha abolido el sacerdocio, entonces también el cristiano. Si hay sacerdocio cristiano, entonces se encuentra en plan de igualdad con todos los demás sacerdocios en cuanto tales. Entonces el cristianismo recupera su papel de religión cósmica al lado de las otras, descontando méritos y deméritos y no excluyendo por tanto que haya religiones y sacerdocios más o menos espúreos.

Quiero decir, y el Concilio de Trento no hace aquí sino repetir una convicción milenaria de la humanidad, que el sacerdocio es algo más que un empleo e

incluso que un carisma, algo más que una tecnología de lo numinoso en el sentido peyorativo de las dos palabras. Quiero decir simplemente que yo no aceptaría las reglas del juego que Boff parece aceptar. Ello es una consecuencia de la idea de iglesia que se tenga.

Yo diría que no hay iglesia, que no hay comunidad sagrada (en el sentido histórico-religioso de la palabra) que no tenga su sacerdocio, puesto que toda comunidad, por el hecho de serlo, es orgánica, y por ende jerárquica, mal que nos pese la palabra por los abusos que ha tenido. Pero nadie, y menos los recién llegados, tienen el monopolio de las palabras. ¿O es que nos creemos que el hombre moderno está en la cúspide de la evolución humana y que sólo él representa la humanidad y es portador de lo que es humano? Cuando el darwinismo social, que ya es bastante deshumanizante, se vuelve teológico, nos invita a la más degenerada de las teocracias.

Pero hay una segunda reacción que quisiera describir. Si la primera es histórico-religiosa, la segunda es intercultural. Aquí Boff, como la mayoría del mundo teológico cristiano, pertenece al primer mundo: ofrece una resistencia dialéctica a la injusticia. Esta es su fuerza, pero también su limitación. Cuando hace más de treinta años en un pueblo de la India quise enderezar un entuerto con la confrontación y la dialéctica por delante, los mismos habitantes del pueblo me respondieron que yo tenía razón, pero que ellos habían vivido miles de años bajo aquella situación y que para sobrevivir, aunque fueran pocos, no podían enfrentarse con el poder de aquella manera como yo proponía: saldrían perdiendo -como se lo dijo ya el mancebo apaleado a Don Quijote, el caballero. Si nos rebelamos con la razón por delante nos aplastan con las armas por detrás. No se trata tanto de saber quién tiene razón. Tenemos razón, "siempre nosotros, evidentemente". Se trata de sobrevivir, y, en el mejor de los casos, convivir.

Hay otra manera de luchar contra el poder, distinta a la de oponerle un contrapoder. Y ésta es, no reconociéndolo, no dejándose amedrentar ni por el dinero, ni por las ametralladoras, ni por las tiaras (y recuerdo que la palabra viene del persa).

Ahora bien, este nuevo juego, esta postura no es una estrategia, no es otra nueva arma. Ya dijo Gandhi que la no-violencia no es un arma, sino una actitud religiosa, última. Si creemos que la iglesia es sólo la jerarquía, y que la jerarquía es sólo la que lleva los oropeles, la actitud que yo describo no nos servirá para mucho.

De ahí que nuestra noción de iglesia sea capital. Si lo que queremos es la conquista del poder para poner en la cúspide a un papa amigo y que éste actúe según nuestros designios -evangélicos, naturalmente-, si lo que queremos es que los curas se casen, las mujeres sean sacerdotes, las parroquias sean más democráticas y el Vaticano más sencillo, si lo que pretendemos es la mera reforma del status quo, esta actitud que describo parece entonces demasiado utópica. Vayamos entonces a la lucha, organicemos otra cruzada, aunque sea mejor que las otras por ser no-violenta. Todos sabemos que sin presiones y revoluciones el dinamismo de la historia se estancaría. Todo esto es cierto, y puedo asegurar que yo me uno al movimiento. Por aquí hay que empezar. Pero no podemos quedar atascados en ello. No creo que se trate de poner un Papa mejor y del llamado tercer mundo. No tencro ni conocimiento ni autoridad para juzgar a Juan Pablo II. Se trata de cambiar la misma idea del papado, del sacerdocio y de la parroquia; de la iglesia, en último término. Si hacemos sólo reformas- y repito que es mucho y que acaso puedan ser pasos intermedios, entonces ni hemos salido de la modernidad, ni mucho menos de Occidente, y seguimos con la misma noción de iglesia y la misma idea de lo que sea el cristianismo. Sarvam sarvatmakam, todo está relacionado con todo, como dice, entre otros, la sabiduría de la India.

Todos sabemos también que las revoluciones a la larga, han sido esto: revoluciones, vueltas alrededor de la misma noria, cambios de guardia. Han existido ciertamente movimientos emancipatorios en estos seis últimos mil años de historia, pero ni las guerras ni las injusticias ni la crueldad han disminuido substancialmente. Hemos abolido la esclavitud como institución, pero no me atrevería a decir que la esclavitud ya no exista. Y como ni está legalizada, acaso sea aún peor. El honor de un árabe era que sus esclavos estuvieran contentos y bien tratados. Y su imagen en la comunidad dependía de ello. Ahora, el honor no cuenta y sabemos demasiado bien la situación de los indígenas en casi todo el planeta, y de los que no lo son también. ¿Debo recordad las fazendas actuales del Brasil, las minas explotadas por menores en varias partes del mundo, los millones de niños esclavos en la India? El cambio que nuestro tiempo exige es mucho más radical. Y si la iglesia es algo que tiene que ver con la encarnación de lo divino en el mundo, no puede sustraerse a esta mutación.

Esta es la tercera fase del conflicto de eclesiologías. No se trata ya ni de la eclesiología petrina, ni de la paulina, ni de la johánica.

La inocencia de San Francisco le hizo creer que lo que tenía que reformar era simplemente San Damiano, cuando se trataba de la iglesia universal. La genialidad de Lutero le hizo comprender que se trataba de reformar esta misma iglesia de Roma. Nuestra situación es distinta' "Pedid por las cosas grandes -citaba ya orígenes- que las pequeñas se os darán por añadidura" (De oratione, II, 2 y XIV, 1). No se trata ni de San Damiano ni de San Pedro, se trata del microcosmos que somos nosotros mismos, conscientes que reflejamos el macrocosmos de toda la realidad en general y de la humanidad en particular. Decía Hugo de San Víctor, representado una convicción muy tradicional: "Domus Dei totus est mundus, domus Dei Eclesia catholica est, domus Dei etiam est quaelibet fidelis anima." (De arca Noe morali, 1, 1 (PL 176, 621 A): "Todo el mundo es la casa de Dios, todo el mundo es la iglesia católica, todo el mundo es también cualquier alma fiel" pues es templo del Espíritu Santo.

1. La situación del mundo

Cuando dos terceras partes del mundo viven en régimen de injusticia, y ésta ya no está justificada por más tiempo religiosamente, por ser claramente obra de los hombres; cuando 2.500 hombres mueren por actos de guerra todos los días, desde la Segunda Guerra Mundial, 3.600 niños perecen de hambre diariamente, y millones de adultos no pueden vivir una existencia humana, siendo así que el mundo moderno se jacta de tener los medios para remediarlo y cree ser el más avanzado en la historia de la humanidad hasta denominarse a sí mismo primer mundo y mundo desarrollado frente a los que insulta llamándolos en vías de desarrollo; cuando la tierra ya no puede aguantar más el peso de la raza humana que se destruye a sí misma, destruyendo también el planeta; cuando se vive del miedo y con el miedo, los unos y los otros, con un ejército de 30 millones de hombres -y para hacerlo peor con un tanto por ciento creciente de mujeres- (sin contar con los millones de policías); cuando el "misereor super turban" de Cristo no puede ser más acuciante que en estas circunstancias, los que se dicen creyentes en las palabras del sermón de la montaña y del evangelio de la justicia y de la paz sigan preocupándose de la menta, del comino y del anís (Matth. XXIII, 23), no deja de ser ridículo, por no decir que muestra una ceguera casi incomprensible.

Los dos primeros milenios de la iglesia cristiana han sido dominados por el síndrome escatológico; primero, con la expectación de una venida inminente del Reino; luego con una proyección hacia otra vida futura. Cuando las injusticias de la sociedad se paliaban con su compensación en una vida futura, la iglesia podía ofrecer el consuelo de lo sobrenatural y eterno predicando paciencia y resignación. Pero esta creencia ha dejado de ser operativa, en primer lugar porque los mismos representantes de esa iglesia oficial no viven por lo general en este "valle de lágrimas", en esta "mala posada" y en esta situación infrahumana, y en segundo lugar se ha comprendido que la justicia del Reino (Matth. VI, 33) no separa la justificación escatológica de la justicia en esta tierra.

Una iglesia para el tercer milenio no puede jugar ya con las cartas del pasado: no puede ser sólo un hospital para los heridos, un asilo para los desvalidos, un refugio para los opresores y una mansión cómoda para los bienestantes aceptando irresponsablemente el status-quo.

No defiendo un naturalismo desacralizado. Antes al contrario, digo que hay que descubrir el sentido sagrado de lo secular

Mon inquietarse eos, qui ex gentibus convertuntur ad Deum ".
Act. XV, 19
No inquietéis a las gentes que se convierten a Dios.

. La influencia de las espiritualidades de origen oriental que vuelven a acentuar el núcleo místico de la vida humana son una prueba sociológica de que el hombre no vive ni puede vivir sólo de pan. Lo que digo es que la verdadera mística es precisamente lo más apegado a la tierra que darse pueda. Toda mística es por lo menos panenteísta.

En una palabra, cuando los problemas de los hombres son de vida o muerte, esto es, de salvación o de condenación ¿no pertenece a la iglesia, en cualquiera de sus aceptaciones, preocuparse por la situación humana y hacer algo por el reino de Dios y su justicia?

Ahora bien, esto es una tarea eminentemente eclesial. De ahí que no se trate de la sola labor de individuos más o menos carismáticos o inteligentes. Y esta es mi propuesta.

2. Un concilio universal

Mi admirado amigo Hans Kung quisiera un Concilio Vaticano III para hacer la iglesia un poco más moral, transparente y tolerante. Otro amigo Andrew Greely preferiría un Concilio Chicago I para inyectarle a la iglesia romana un poco más de espíritu democrático, pragmático y realista. Voces hay para un Concilio africano y me imagino que existen otros desiderata para otros continentes. Me sumo a todos ellos proponiendo una asamblea más católica a la que se convocarían todos los seres de la tierra, sin excluir ni animales ni plantas. Debería ser ante todo un Concilio de Reconciliación, como la misma palabra concilio sugiere. Gloria a Dios en los corazones humanos y paz con la tierra entre los hombres a quienes Dios tanto quiere (Luc. II, 14) habría que empezar a cantar en Navidades venideras.

Pero no voy ahora a elaborar mi propuesta. Me limitaré a unos cuantos pun

s tos más concretos y cercanos al tema de nuestro Congreso.

En primer lugar un concilio para acabar con la guerra fría y a veces menos fría entre las religiones. Hace más de un cuarto de siglo que vengo hablando de ecumenismo ecuménico. Baste apuntarlo.

Sólo mencionaré un corolario. No resolveremos hoy día nuestros problemas domésticos si nos limitamos artificialmente a ellos. No se puede tocar el problema del sacerdocio femenino sin tener en cuenta el cambio en la idea de sacerdocio, y la evolución de la sensibilidad femenina en todo el mundo. Y para ello hay que escuchar las tales voces e invitarlas a que hablen y no sólo hablar de ellas.

No se puede resolver, ni siquiera plantear, el problema del celibato sacerdotal sin tener en cuenta la experiencia humana de nuestro tiempo con respecto a la sexualidad, las lecciones de otras religiones, y otras cuestiones relacionadas como serían las de los derechos del hombre, la libertad del individuo, etc. No podemos sólo dialogar entre nosotros, a puerta cerrada.

La cuestión de la paz entre los pueblos no es sólo un problema político. La cuestión de la tecno-ciencia no es una cuestión meramente tecnológica, o sólo de la cultura occidental. Todos los grandes problemas de la humanidad, como la justicia, el hambre, el mercado, el dinero, etc. son problemas esencialmente religiosos. Si la iglesia calla con respecto a todo se hace reo de un pecado de lesa humanidad y no puede pretender por más tiempo utilizar frases tan altisonantes como "sacramentum mundi", "signum levatum in nationes", "mysterion kosmikon tes ecclesias", "ekklesia pro eliou kai tselenes", etc. Debe reducirse a un pequeño club que sigue la inercia de la historia y que traiciona la intuición de sus mejores miembros de estos últimos veinte siglos.

En el Primer Concilio de Jerusalén se ventiló la crucial cuestión de la identidad del cristianismo, esto es, de si éste debía ser una especie de judaísmo reformado o tener la audacia de independizarse suprimiendo el sacramento primordial de la circuncisión que simboliza el Testamento, el Pacto, la Alianza de Yahvé con su pueblo. Análogamente, en la sección cristiana de este segundo Concilio deberia tratarse con seriedad sobre el bautismo que en el fondo pasó a ser un "Ersatz" de la circuncisión. Yo he hablado en otros lugares de la circuncisión de la mente, hoy día aún necesaria para entender casi toda la teología vigente. Los problemas son inmensos. Pero no quererlos ver porque son difíciles no es excusa de ninguna clase.

Un problema insoslayable es el del pluralismo. Sin él la tolerancia sólo se reduce a un mal menor, que se practica cuando el tolerando no tiene poder, y que se suspende cuando el otro nos amenaza demasiado en serio. Se le elimina entonces para no tener que tolerarlo.

Crolario del pluralismo es la cuestión de la descentralización.

Solamente si hay una confianza mutua y una comunicación que no temo en apelar mítica, puede haber una descentralización racional. Sólo cuando se reconoce una instancia superior (para casos de conflicto) con autoridad pero sin poder, se pierde la necesidad de apiñarse alrededor de un centro para sentirse potentes o seguros.

Acaso si nos preocupásemos más de estas cuestiones centrales los otros problemas concretos o bien caerían por su base o encontraríamos la perspectiva adecuada para poderlos afrontar con ecuanimidad. De nada sirve decir que la iglesia tiene que desoccidentalizarse si ni siquiera se comprenden estas cuestiones.

Se medirá que la importancia de todo esto no quita la urgencia de lo más inmediato. Y estoy de acuerdo con ello. Veamos de acercarnos a algunos de estos problemas.

3. Algunos pasos preparatorios

Mi excusa y justificación es que se me ha pedido una reflexión teológica sobre el próximo milenio. Pero me doy cuenta de que algunos están justamente preocupados no por el tercer milenio, sino por los próximos tres años. ¿Qué hacer?

Ustedes lo saben mejor que yo y lo han dicho ya estos días. Lo único que puedo hacer es añadir algunas apostillas y acaso algún codicilo.

En primer lugar, una mayor confianza en nosotros mismos, reforzada por la comunión fraterna y la convicción de que nosotros somos también iglesia. El Vaticano II fue sólo un tímido punto de partida, aunque realista porque prudente.

Mi formulación desde el 1955 que daba una interpretación distinta a la de Hans Kung en 1964, aunque sin estar en desacuerdo con lo que él quiere decir, ha sido brillantemente reformulada por el Obispo Casaldáliga. Yo sostenía y sostengo con la tradición cristiana la famosa frase: extra ecclesiam nulla salus. Mantengo además que una parte de la patrística la entendía en mi sentido cósmico y mistérico. Yo pienso además que la frase expresa maravillosamente lo que es la iglesia: el lugar de la salvación. Y ello tanto es así que dondequiera que se encuentre la salvación hay iglesia y aquello es iglesia. La frase de Don Pedro es: "Si antes acepté que fuera de la Iglesia no hay Salvación, ahora creo que fuera de la Salvación no hay Iglesia" (Al aguait... p. 125). Que esta iglesia se identifique con la romana, esto no lo afirma ni la misma iglesia de Roma.

En segundo lugar, esforzamos más en edificar la iglesia nueva que en combatir la vieja. Y el campo es aquí inmenso.

En tercer lugar, no creernos en posesión de la verdad, esto es, superar la tentación de querer ser infalibles. Si la iglesia tiene algo de lo que la tradición decía: esposa de Cristo, etc. debe ser el lugar de la coincidentia oppositorum y el lugar de la reconciliación.

La iglesia del mañana será antes una cristianía, como la he descrito en otros lugares, que un cristianismo. La cristiana supera el cristianismo de manera semejante a como el cristianismo ha desplazado a la cristiandad. Los tres momentos acaso deban coexistir, pero la proporción tiene que invertirse: lo místico y experiencial tiene que ocupar el primado (cristianía), lo doctrinal seguirle con el pluralismo de la verdad (cristianismo) y lo jurídico y político ser su apéndice (cristiandad).

En cuarto lugar añadiría aun algo muy importante: no perder la perceptiva histórica.

Desde este punto de vista la iglesia oficial es mucho más sana que la de hace algunos siglos. La lucha entre el sacerdocio y el imperio ha perdido su virulencia, aunque continúa en nuestros días curiosamente interiorizada. Ya no hay

Canossa ni existen el papa Gregorio VII o el emperador Enrique IV. Es el papado hoy quien representa el imperio y una buena parte de la iglesia militante y popular representa el sacerdocio. El episcopado hace política con la mejor intención del mundo, es de suponer, y las comunidades cristianas celebran la liturgia.

Más aun; una visión histórica nos enseña que en todas partes se cuecen habas, es decir, que no sólo en otros tiempos también ha habido conflictos, y aun más dolorosos, sino que la libertad de acción y de expresión ha existido también desde el principio. "Qué no han dicho los Padres del Desierto en contra de los Obispos, qué no dijo San Francisco o escribió San Bernardo o Santa Catalina de Siena?

En quinto lugar quisiera también mencionar a la teología, aunque yo preferiría llamarla filosofía, terminando ya con la dicotomía de la llamada ilustración. La tradición dos veces milenaria de la iglesia católica no sólo es rica en profundidades místicas, sino también en lecciones de eclesiología y de identidad cristianas. Ser cristiano no significa ser miembro de un partido politico ni tener que ser "fan" del último papa -cosa muy respetable por cierto. Pero a no ser que caigamos en una temporalatria poco menos que herética no podemos suponer que el factor temporal sea un lugar teológico absoluto.

Quisiera aún permitirme un comentario. He notado en muchas de las discusiones con la jerarquía, sobre todo por parte de teólogos, una indignación comprensible, pero al mismo tiempo una cólera o un miedo que nos hace perder no sólo una cierta ecuanimidad, sino también un necesario sentido del humor y de relativización de muestras pequeñas "tragedias" personales. A veces parece que por ambas partes no se quiera o no se pueda entender el lenguaje del otro. La patética discusión de Drewermann con su obispo podría ser un ejemplo. Yo no digo que una sonrisa sincera y un poco de ironía o de humor lo solucionase todo, pero sí que limaría muchas asperezas. La teología es también un arte.

No estoy abogando por iglesias paralelas ni fomentando ningún cisma. Estoy sugeriendo que teología e historia nos pueden enseñar a seguir nuestras conciencias con mayor ductilidad y confianza, a saber no sólo resistir o decir que no, sino incluso a tomar nuestras responsabilidades eclesiales, sin transigir, sin desanimarse y sin darse de baja. ¿No predicamos muchas veces que los obstáculos de la vida son vallas que hay que aprender a saltar con elegancia, y que pueden convertirse en medios para nuestro crecimiento humano y cristiano? Escrito está que todos aquellos que pretenden vivir religiosamente en Cristo sufrirán persecución (II Tim. III, 12). Y la cita tiene su raíz veterotestamentaria (Eccl. II, 1, y posiblemente todo el libro de Job).

Pero repito, no es que nosotros seamos los buenos y los que no piensan como nosotros los malos. Posiblemente ambas fuerzas o direcciones sean necesarias para mover el paralelogramo de las fuerzas. Dios no escribe solamente recto con líneas torcidas; escribe también bellamente con líneas quebradas.

Nos encontramos en un momento muy crucial en la vida de la iglesia. Un poco de compasión para los que se encuentran en el atolladero tampoco estaría fuera de lugar, aunque luego se enojen y nos traten de orgullosos. No hay nada más humilde que reconocer el orgullo de ser también cristianos.


Fuente: http://www.moceop.net

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