miércoles, 4 de marzo de 2015

La mirada contemplativa

Mirad las aves del cielo, observad los lirios del campo”, dijo el maestro de Nazaret. (1)

Filósofos y teólogos de todo tipo aún reflexionan sobre la Causa y el Autor de los lirios, pero no ven los lirios. Científicos e investigadores de todas las tendencias analizan los componentes o las funciones de los lirios pero se olvidan de ellos. Políticos y economistas de toda clase se ocupan del uso que les podrían dar. Amantes y devotos los cortan y los ponen a los pies del altar o en el pecho de la amada. Artistas y gente corriente miran la belleza de los lirios, se esfuerzan por describirlos, los dibujan o al menos huelen su fragancia.

Nos han “educado” para hacer uso de intermediarios, para la utilización de todo, incluso de los lirios y sólo somos capaces, o sólo nos interesa, analizar o describir “como buenos periodistas”, para que, más tarde, nosotros mismos u otros podamos sacar partido de nuestros experimentos.


A menudo pienso que, si muchos de nuestros contemporáneos hubieran sido testigos de los acontecimientos de Belén o del Cenáculo, tendríamos muchas fotos pero ninguna experiencia de tales acontecimientos. Los creyentes modernos aún se quejan de que los evangelistas, por ejemplo, fueran tan sobrios en sus descripciones de la vida de Jesús. San José tendría que haber tenido una cámara y un magnetofón escondidos. Así “sabríamos” de verdad “wie es eigentlich gewesen ist” (cómo sucedió aquello en realidad).

Por regla general, los creyentes de hoy creen que el hombre lo “sabe” casi todo sobre los lirios, sobre su reproducción, por supuesto, sobre la química de sus colores, sobre la función del polen, sobre sus tipos y variedades, su valor de mercado, sus utilizaciones simbólicas, su metamorfosis con la tierra y mucho más.

Pero los lirios son. No digo que estén “ahí”, porque también están “aquí”. No digo que eran (tal vez un poco menos contaminados en aquel tiempo en el que aquel joven rabí nos recomendó que los mirásemos) porque los lirios también serán.

Observar los lirios no quiere decir clavar la mirada en ellos aquí o allá, ahora, antes o después. Conocer los lirios es más que situarlos en el espacio y el tiempo o analizar sus partes y funciones. Conocer es más que clasificar y poder predecir comportamientos.

Precisamente, los Evangelios nos dicen que miremos (emblepsate) los pájaros, que consideremos (katanosate) los cuervos y los lirios y, de nuevo, que obsevemos (katamethete) los lirios (Mt 6,26s; Lc 12,24s). Los tres verbos comunican el mismo significado: contemplad las aves y los lirios.

Ver los pájaros en el cielo es mirarlos volar. Uno recuerda aquellos versos de Acarya Atisa, el gran sabio budista de la tradición Mahayana del siglo XI, que dicen que un pájaro con las alas plegadas no puede lanzarse al vuelo así como un hombre que no ha desplegado su sabiduría primordial no puede contribuir al bienestar del mundo (Bodhipathapradipa 35 (36)). Ver las aves es volar con ellas. Contemplar es la actividad holística indivisa que ulteriormente dividimos en teoría y práctica.

Contemplar los lirios no es considerar su forma de crecimiento y llegar a la conclusión de que no tendríamos que trabajar, ni tomarlos como un simple ejemplo. Mirar los lirios nos puede llevar a liberarnos de una angustia, pero verlos de verdad es todavía un acto más primario. Si miramos los lirios sólo para vencer la ansiedad, no los veremos de verdad. Es necesaria la calma (samatha, serenidad, quietud,  dirían los budistas), la ausencia de ansiedad, para poder observar los lirios y mirar los pájaros.

Ver los lirios es conocerlos de verdad -cosa que sólo es posible si estamos libres no sólo de prejuicios sino también de todo peso en nuestra mente. En un lenguaje tradicional, sólo si nuestro espíritu es puro, sólo si está vacío, podemos saber de verdad. Sólo la vacuidad (sunyata) vuelve transparentes las cosas y abre un espacio (akasa) de libertad. “El Corazón de la Iluminación es el espacio” dice Santideva, otro santo budista del siglo VIII (como cita el ya mencionado Atisa). Conocer los lirios es también convertirse en lirio -pero, claro, no como una transubstanciación. Ya decía Aristóteles: e psyché panta pos, y repetían después los escolásticos: anima est quodammodo omnia (“el alma es, de alguna manera, todas las cosas”).

Esto no es posible si tenemos que perder nuestra identidad al convertirnos en una planta, aunque sea una hermosa flor. Somos más que flores, como nos recuerda el texto. No estamos hablando de una participación mística romántica ni de una identificación pre-lógica amorfa. Cuanto más somos el otro, más somos nosotros mismos. “Amar al prójimo como a mí mismo” no es tratarle amablemente, como otro yo. Es evidente que no queremos dejar de ser nosotros mismos para convertirnos en lirio. Pero, para ser de verdad nosotros mismos, tenemos que trascender nuestro ego y volvernos también lirio. Esto es llegar a ser lo que (aún no) somos. Este pasar por encima de nuestros límites recibe la denominación filosófica de trascendencia y el nombre sencillo de amor.

El amor está en la raíz del conocimiento. Éste es el descubrimiento de la mayoría de las tradiciones humanas. Amar es ser catapultado hacia el ser amado. Sin el conocimiento, existe el peligro de la alienación. Esto no es amor verdadero. Pero conocer sin amar no es conocimiento verdadero. Es solamente apoderarse, aprehender, apropiarse y, en último término, un robo, un saqueo. La Ecosofía tendría que “saber” esto. 

Conocer verdaderamente es llegar a ser el objeto conocido sin dejar de ser lo que somos. Llegar a ser no es tan sólo un cambio, no es un movimiento desde lo que somos hacia lo que vamos a ser. Llegar a ser es el verdadero crecimiento del ser -que es. Es el verdadero ritmo de la realidad. Reflexionar sobre los lirios que crecen es dejarlos crecer tanto por dentro como por fuera, en el campo de la tierra como en el campo de nuestra conciencia y en el reino divino. Para conocer los lirios es necesario estar con los lirios. Esto es la experiencia. No necesitamos cortarlos, hacerles violencia. Esto sería un experimento.

La experiencia es permitir que los lirios crezcan en mí, la observación es dejarme crecer en los lirios, el experimento es explotar el crecimiento de los lirios para un uso cualquiera al que creemos tener derecho. La experiencia tiene que seguir los ritmos de la naturaleza; la observación, nuestros ritmos; el experimento necesita introducir la aceleración, romper los ritmos. No tiene tiempo para esperar. Contiene intrínsecamente el sentido de la urgencia. La vida se siente como una tarea urgente (de hacer algo), y no necesariamente como un acto importante (ser).

La visión de la Realidad es una visión que la Realidad tiene en nosotros; es llegar a ser real. Es un acto humano, participar de la palabra creadora, como nos recuerda el Veda (RV I. 164, 37). La visión de la Realidad no es nuestra mirada antigua o nueva sobre lo real sino la visión que la realidad misma revela en mí. Cuanto más puro y más vacío estoy, más clara es la visión, menos distorsionada es la imagen. Somos espejos del todo. La dignidad específica del hombre, decían los escolásticos cristianos, es ser capaz de especular, esto es, ser un speculum de lo real.

Pero el texto no se olvida de mencionarnos el contexto: los pájaros del cielo, las flores del campo. El cielo y el campo forman el contexto de nuestra visión contemplativa. No hay pájaro o lirio an sich (en sí mismo) ni, por supuesto, sólo en mí (ni siquiera per se ni quod nos). Campo y cielo son los mediadores de nuestra visión. No son inter - mediarios. Ave y cielo, lirio y campo van juntos. Y viceversa, no hay cielo o campo sin “algo” en sí.

Una visión holística distingue pero no separa. Esto es un resplandor de la realidad misma, el svayamprakasa de las tradiciones hindúes. La visión deja de ser una representación objetiva o una interiorización subjetiva. La visión es invisible, al igual que la luz que ilumina pero que es oscuridad cuando está aislada. “Benditos los que han llegado a la infinita ignorancia”, dice Evagrius Ponticus, aquel otro sabio de la tradición occidental (III Centuria, 88).

La contemplación no es ciega, ni tampoco una mera visión, theo -ria. Es también praxis. Es el edificio de ese templo desde el cual se ve la Realidad. Somos espectadores, actores y autores de la Realidad -no cuando estamos solos sino cuando estamos unidos, integrados. Un camino hacia esta integración (el Upaya, anupaya del “kasimir shaivism”) -y uno de sus resultados- es mirar las aves y los lirios.


1) El texto es traducción del artículo “The contemplative look - an old vision of reality”, aparecido en Monastics Studies, Montreal, noviembre 1991.


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